—Claro, dame dos. Y apúntalas a mi cuenta emocional, porque esto ya está siendo un día largo —respondió, mientras intentaba meter todo en las bolsas sin aplastar las croquetas.
Mientras empaquetaba, el cliente detrás de él le lanzó un comentario:
—¿Sabías que el plástico es lo peor para el medio ambiente?
Jacobo lo miró, agotado.
—Y tú eres lo peor para mi paciencia.
Finalmente, con las bolsas en mano, salió del supermercado, dejando atrás el caos y a los clientes molestos. En la puerta, un empleado lo detuvo.
—¿Todo bien, señor?
—Sobreviví. Eso es lo único que importa.
De camino a casa, se cruzó con un grupo de adolescentes que hablaban en voz alta sobre redes sociales y tendencias. Uno de ellos mencionó algo sobre "alimentos keto", y Jacobo se detuvo.
—¿Sabéis qué es keto? —dijo, levantando una de sus bolsas—. Las croquetas. Aprended algo útil.
Los adolescentes lo miraron con confusión, y Jacobo continuó su camino, satisfecho con su pequeño momento de sabiduría.
Cuando llegó a Too Tattoo, el equipo lo recibió con miradas expectantes.
—¿Y? ¿Sobreviviste? —preguntó Soraya, mientras se inclinaba contra el mostrador.
—Por supuesto. Soy un guerrero del súper —respondió, dejando las bolsas en la mesa.
Jun revisó las compras y frunció el ceño.
—¿Solo croquetas y queso? ¿Qué vas a hacer con eso?
Jacobo lo miró con seriedad.
—Vivir, Jun. Voy a vivir.
Aldara, desde su rincón, murmuró:
—Espero que la próxima vez grabes todo. Esto sería oro en redes sociales.
Jacobo sonrió y se sentó, sacando un paquete de croquetas para el almuerzo.
—El mundo no está listo para mis aventuras.
Y así, otro día surrealista en el barrio llegaba a su fin, con Jacobo demostrando que incluso las tareas más simples podían convertirse en una auténtica epopeya… si había croquetas de por medio.
Jun y el Tribal Perdido
Era una mañana tranquila en Too Tattoo, con el aire cargado del aroma de desinfectante y tinta fresca. Jun estaba en su rincón, organizando sus herramientas con la precisión de un cirujano y la paciencia de alguien que había maldecido a media ciudad antes del desayuno.
Lojo, impecablemente vestido, se ajustaba las gafas mientras revisaba su agenda del día. Aldara preparaba tintas en silencio, como si cada frasco contuviera una pieza de su alma. Jacobo, como siempre, masticaba una empanada y Soraya revisaba su Instagram, soltando risas sarcásticas cada pocos segundos.
La puerta del estudio se abrió de golpe, dejando entrar a un hombre musculoso con una camiseta ajustada, un par de tallas más pequeña de lo que necesitaba y un tatuaje en el brazo que parecía más una mancha de café que un diseño.
—¡Hola, artistas! Necesito que me salvéis —anunció con una sonrisa desbordante de confianza.
Jun levantó la vista lentamente, como un depredador que acaba de identificar a su presa.
—¿Salvarte de qué? ¿De tus decisiones de vida o de tu gusto pésimo?
El hombre, que no captó el sarcasmo, se rascó la cabeza.
—Bueno, es mi tribal. Lo hice hace años y ahora parece… no sé, como un dibujo que hizo mi sobrino con rotuladores.
Soraya dejó el móvil a un lado, divertida.
—¿Y quieres que Jun te lo "restaure"? ¿Sabes que odia los tribales más que Jacobo odia compartir comida?
—¡Ey! —protestó Jacobo, con la boca llena—. Eso es mentira. Bueno… casi.
El hombre, ignorando los comentarios, se giró hacia Jun con ojos suplicantes.
—Por favor, este tatuaje es importante para mí. Necesito que vuelva a lucir como antes… o mejor.
Jun cruzó los brazos, evaluándolo como si estuviera decidiendo si valía la pena el esfuerzo.
—Dame una razón para no echarte por la puerta ahora mismo.
El cliente sonrió nerviosamente.
—Te pagaré extra.
—Muy bien, siéntate —dijo Jun, señalando la camilla—. Pero te advierto, lo que voy a hacer no será un tribal. Va a ser algo digno.
Cuando el hombre se quitó la camiseta, el estudio entero contuvo la respiración. En su espalda había un tribal tan mal hecho que parecía haber sido tatuado durante un terremoto.
—¿Esto es un tribal o un test de Rorschach? —preguntó Soraya, soltando una carcajada.
—Definitivamente veo un dragón… o un perro con problemas de autoestima —añadió Jacobo, mientras masticaba.
Lojo, siempre elegante, se inclinó para observar más de cerca.
—Diría que es más bien una tragedia griega plasmada en tinta.
Aldara, en su rincón, comentó sin levantar la vista:
—Eso no es un tatuaje. Eso es karma.
Jun respiró hondo, cerró los ojos un momento y luego se giró hacia el cliente.
—¿Quién te hizo esto? ¿Un mono borracho?
—Fue un amigo… —comenzó el cliente, pero Jun lo interrumpió.
—Claro, un amigo. Porque nada dice “amistad” como arruinarte la piel de por vida.
Jun comenzó a trabajar en un nuevo diseño, uniendo lo que quedaba del tribal con un dragón japonés envuelto en flores de cerezo.
—Voy a convertir esto en algo que no dé vergüenza. Pero va a doler.
—¿Mucho? —preguntó el cliente, nervioso.
—Como una resaca de tequila, pero en tu espalda —respondió Jun, mientras preparaba la máquina de tatuar.
El resto del equipo observaba desde sus rincones, lanzando comentarios ocasionales:
—¿Cuánto crees que tardará en arrepentirse? —preguntó Soraya.
—A la tercera línea —respondió Jacobo, con seguridad.
Lojo, con su calma habitual, añadió:
—Jun siempre encuentra la manera de arreglar lo imposible. Aunque a veces eso incluye traumar al cliente.
A medida que Jun avanzaba, el cliente empezó a sudar y a gemir como si estuviera en un exorcismo.
—Esto duele más de lo que pensaba… —dijo entre jadeos.
—Es el precio de la dignidad —respondió Jun sin levantar la vista—. Y créeme, la necesitas.
Jacobo se acercó con una croqueta en la mano.
—¿Quieres un mordisco? Quizás te distraiga del dolor.
El cliente intentó reír, pero soltó un grito cuando la aguja tocó la superficie de su piel de nuevo.
—¡Dios mío, esto es una tortura!
—Es justicia —dijo Aldara desde su rincón—. Tu tatuaje original era un crimen.
Después de horas de trabajo, Jun finalmente terminó. Se quitó los guantes y dio un paso atrás para admirar su obra.
—Listo. Ahora puedes mirarte en el espejo.
El cliente se levantó con dificultad y caminó hacia el espejo. Cuando vio su espalda, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Es… increíble. No parece ni remotamente lo que tenía antes.
—Exacto —respondió Jun, con los brazos cruzados—. Porque ahora ya no es basura.
Soraya se acercó, fingiendo admiración.
—Jun, deberías tatuarte en la frente: “Milagros bajo presupuesto.”
—No sería un milagro si cobraras más —añadió Jacobo, riendo.
Lojo, con su impecable estilo, asintió.
—Definitivamente has salvado su espalda. Pero no su dignidad. Eso murió con el tribal original.
El cliente, aunque algo avergonzado por los comentarios, salió del estudio agradecido y prometió recomendarlos.
Cuando la puerta se cerró, Jun se dejó caer en una silla, exhausto.
—Si vuelvo a ver otro tribal en mi vida, será demasiado pronto.
—¿Y si alguien quiere uno bien hecho? —preguntó Aldara.
—Que se busque otro estudio —respondió Jun, cerrando los ojos.
Y así, otro día surrealista en Too Tattoo llegaba a su fin, con Jun demostrando que incluso el peor de los tribales podía convertirse en algo elegante… si tenías la paciencia suficiente para soportar a los idiotas que los traían.
La Influencer
Era un día aparentemente tranquilo en Too Tattoo, al menos hasta que la puerta se abrió y una mujer entró con pasos firmes, como si estuviera caminando por una pasarela en la Semana de la Moda de París. Llevaba un vestido ajustado, gafas de sol demasiado grandes para el interior, y un móvil en la mano con el que retransmitía en vivo.
—¡Hola, mis seguidores maravillosos! —exclamó, ignorando completamente al equipo mientras apuntaba su móvil al interior del estudio—. Estoy aquí en el mejor estudio de tatuajes de la ciudad. ¡Prepárense para ver arte en mi piel!
Jun, que estaba ajustando sus máquinas, levantó la vista y frunció el ceño.
—¿Qué cojones es eso? ¿Un reality show?
Jacobo, con una croqueta a medio morder, murmuró:
—Espero que no. No tengo maquillaje para estas cosas.
—¿Quién es ella? —preguntó Soraya, alzando una ceja mientras revisaba su móvil.
Lojo, siempre elegante, se inclinó ligeramente hacia Aldara, quien ya estaba preparando su estación.
—Creo que es tu cliente, Aldara.
—Genial… —respondió Aldara con su tono característicamente seco.
La mujer se acercó a la camilla donde Aldara estaba organizando tintas y agujas, ignorando completamente las miradas de los demás.
—Hola, soy Paula Estrella, pero puedes llamarme “la futura portada de Vogue”.
—Hola, Paula —respondió Aldara sin apartar la vista de su mesa—. ¿Qué te vas a tatuar?
—Quiero algo que grite “glamour” y “soy mejor que tú”. Un diseño ornamental en el pecho. Grande, llamativo, y que combine con mis outfits.
Jacobo, que estaba escuchando desde la trastienda, asomó la cabeza.
—¿Quieres que combine con tus outfits? ¿Qué pasa si cambias de estilo? ¿Te quitas la piel del pecho?
Paula lo ignoró con un gesto de la mano y se dirigió nuevamente a Aldara.
—Pero tiene que ser perfecto. ¿Sabes quién soy? Tengo más de 500,000 seguidores en Instagram.
—Pues qué suerte para ellos, porque no tienen que aguantarte en persona —respondió Aldara con una sonrisa sarcástica, mientras encendía la máquina de tatuar.
Soraya soltó una risa ahogada desde el fondo, mientras Jun murmuraba algo sobre “el fin de la humanidad”.
Paula se tumbó en la camilla, acomodándose como si estuviera posando para una sesión de fotos.
—¿Puedo grabar esto? Mis seguidores querrán verlo en vivo.
—No —respondió Aldara con firmeza—. Aquí no grabamos.
—¿Pero por qué no? Esto sería publicidad para vosotros. ¡Mis seguidores lo amarían!
Aldara se inclinó hacia ella con la misma expresión con la que un gato mira a un ratón antes de atacar.
—Porque prefiero que piensen que tus tatuajes los hizo otra persona.
Paula abrió la boca para responder, pero se quedó callada, aparentemente confundida.
A medida que Aldara trabajaba, Paula comenzó a hablar… y no paró.
—Este diseño tiene que ser icónico. Algo que diga: “Mírame, soy la reina de todo esto”. ¿Sabes? Como Beyoncé, pero más yo.
—Más tú… —murmuró Aldara, mientras trazaba líneas con precisión quirúrgica—. ¿Quieres que le ponga un espejo para que te refleje?
Soraya, que estaba dibujando en su rincón, soltó una carcajada.
—Dios, Aldara, con esos comentarios deberías cobrar doble.
Paula, sin captar el sarcasmo, siguió hablando.
—Y cuando lo suba a Instagram, seguro que llego al millón de seguidores. ¡Es que mi vida es tan emocionante!
Jacobo, que estaba pasando por detrás con otra croqueta, comentó:
—Sí, emocionantísima. Todo el mundo sueña con tatuarse para presumir.
Paula, finalmente, empezó a notar la falta de entusiasmo en el ambiente.
—¿Qué os pasa? Deberíais estar emocionados de tatuar a alguien como yo.
Aldara, sin detener la máquina, respondió:
—Estoy emocionada, pero lo disimulo muy bien.
Después de dos horas, Aldara terminó.
—Listo. Puedes mirarte en el espejo.
Paula se levantó y caminó hacia el espejo, moviéndose con la gracia de una modelo. Cuando vio el tatuaje, se quedó en silencio por un momento. La geometría ornamental en su pecho era perfecta: intrincada, simétrica y completamente deslumbrante.
—¡Es increíble! —exclamó, tocándose ligeramente la piel—. Este tatuaje es arte puro. Mis seguidores van a enloquecer.
—Genial. Pero si vas a subirlo, etiqueta al estudio. No a Beyoncé —respondió Aldara, mientras limpiaba sus herramientas.
—Claro, claro… aunque tal vez ponga un filtro. ¿Sabes? Para que resalte más.
Aldara se detuvo y la miró directamente a los ojos.
—Si le pones un filtro, prometo que voy a borrarte el tattoo personalmente.
Cuando Paula finalmente salió del estudio, aún hablando con su móvil sobre lo "glorioso" que era su nuevo tatuaje, el silencio volvió a llenar el lugar.
—Bueno, eso fue agotador —dijo Aldara, sentándose con un suspiro.
—Y yo que pensaba que Jun tenía los peores clientes —comentó Soraya, mientras volvía a su diseño.
Lojo, siempre sereno, se inclinó hacia Aldara.
—Al menos sabes que tu trabajo será visto por miles. Aunque probablemente lo arruine con un filtro sepia.
Jacobo, masticando su tercera empanadilla del día, añadió:
—Yo le daba un millón de likes al tatuaje, pero cero a la influencer.
Jun, desde su rincón, concluyó con una sentencia final:
—Esto es lo que pasa cuando los egos son más grandes que los tatuajes.
Y así, otro día lleno llegaba a su fin en Too Tattoo, con Aldara reafirmando que, aunque el arte puede ser eterno, el sentido común en algunos clientes es algo que no se puede tatuar.
Lemniscata
Era un día tranquilo en Too Tattoo, y como siempre, la calma era solo la antesala del caos. Jun limpiaba su material con su expresión habitual de enfado, Aldara organizaba sus tintas negras como si estuviera preparando un ritual oscuro, Soraya revisaba memes en Instagram, y Jacobo... bueno, Jacobo comía croquetas mientras trataba de convencer a todos de que eran un alimento balanceado.
De repente, la puerta se abrió y entró una mujer joven con una actitud decidida. Llevaba un cuaderno en una mano y un café gigante en la otra.
—Hola, necesito un tatuaje. Algo que represente mi vida entera.
Jun alzó la vista con cansancio.
—¿Qué quieres? ¿Un tribal con fecha de caducidad?
—No, quiero una lemniscata —respondió la mujer con un aire de superioridad.
El estudio quedó en silencio. Todos intercambiaron miradas.
—¿Una qué? —preguntó Jacobo, con un trozo de croqueta colgándole del labio.
—Una lemniscata —repitió la mujer, como si fuera lo más obvio del mundo.
—¿Eso es una flor? —preguntó Soraya, ladeando la cabeza.
—¿Un símbolo químico? —aventuró Aldara.
Jun, siempre directo, murmuró:
—¿Un insulto en latín? Porque si lo es, me lo tatuo yo.
La mujer suspiró con exasperación.
—¡Una lemniscata! Es el símbolo del infinito, pero con un toque más elegante.
Jacobo se encogió de hombros.
—Ah, el infinito. Lo podías haber dicho antes. Aquí la gente no habla en clave, campeona.
Pero antes de que alguien más pudiera añadir algo, Lojo se levantó de su silla, impecablemente vestido y con la elegancia de un dios griego. Se acercó con calma y una ligera sonrisa.
—Una lemniscata no es solo el símbolo del infinito —explicó con su voz tranquila y profunda—. Es un bucle continuo, una representación de la eternidad, el equilibrio perfecto entre lo finito y lo eterno.
Todos en el estudio lo miraron como si acabara de recitar poesía. Incluso la clienta parecía impresionada.
—Exactamente. Eso es lo que quiero. Algo que represente mi alma eterna —dijo, girándose hacia Lojo.
Soraya soltó una risita.
—¿Alma eterna? Cariño, seguro que en unos años te arrepientes como todos los demás.
—Bueno, si se arrepiente, el láser no es eterno —comentó Jun.
Jacobo se cruzó de brazos.
—¿Por qué todo el mundo quiere tatuajes del infinito? Si la vida fuera infinita, nadie querría trabajar.
—O nadie querría comer croquetas contigo —añadió Soraya, sin perder la oportunidad.
Jacobo fingió ignorarla, mientras Lojo, siempre el profesional, se acomodaba para comenzar su trabajo.
Lojo preparó sus herramientas mientras la clienta se tumbaba en la camilla.
—Voy a diseñar algo único. Será una lemniscata, pero con tu esencia —dijo con calma.
—¿Eso incluye errores? —preguntó Jacobo desde el fondo, riendo para sí mismo.
—Si haces un chiste más, te tatuo un plato vacío en la frente —respondió Lojo sin perder su compostura.
Mientras trabajaba en el diseño, los demás observaban con curiosidad. Lojo dibujaba con precisión absoluta, añadiendo detalles delicados que transformaban el simple símbolo del infinito en una obra de arte intrincada.
Soraya se inclinó hacia Jun y susurró:
—Es como ver a Da Vinci tatuando a una influencer.
—Si fuera Da Vinci, ya habría mandado callar a todo el mundo —murmuró Jun, aunque no podía evitar admirar el trabajo de Lojo.
Cuando Lojo comenzó a tatuar, el estudio quedó en silencio. La máquina zumbaba suavemente mientras él trazaba líneas perfectas en la piel de la clienta.
—Esto duele más de lo que esperaba —dijo ella, apretando los dientes.
—El dolor es temporal. La eternidad, no —respondió Lojo, como si fuera un filósofo en lugar de un tatuador.
Jacobo, que estaba sentado cerca, añadió:
—A menos que te hagas un láser, claro. Entonces ni la eternidad es para siempre.
Aldara sonrió desde su rincón.
—Jacobo, ¿por qué no dejas de filosofar y te concentras en no atragantarte con esa croqueta?
La clienta rió entre dientes, aunque rápidamente volvió a quejarse.
—¿Cuánto falta? Esto está siendo eterno.
—Eso es lo irónico del infinito. Tienes que sentirlo para entenderlo —respondió Lojo, sin apartar la vista de su trabajo.
Después de casi 10 minutos, Lojo terminó. Se quitó los guantes con la elegancia de alguien que acaba de crear una obra maestra y se apartó para que la clienta pudiera mirar en el espejo.
Cuando ella vio el tatuaje, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Es perfecto. Es… más de lo que imaginaba.
—Por supuesto —dijo Lojo, con una pequeña sonrisa—. Porque el arte verdadero siempre supera las expectativas.
Jacobo, incapaz de contenerse, comentó:
—Sí, sí. Es arte y todo eso. Pero ¿quién paga el extra por escuchar poesía?
Soraya, mirando el tatuaje desde lejos, añadió:
—Espero que al menos etiquetes a Too Tattoo en la foto que subas. Aunque seguro que le pones un filtro y arruinas todo.
—¡No lo haré! Esto es perfecto tal como está —respondió la clienta.
Jun resopló desde su rincón.
—Ya veremos cuánto tarda en volver pidiendo un cover-up.
Cuando la clienta finalmente se marchó, el equipo se quedó en silencio durante un momento.
—¿Sabéis qué? —dijo Jacobo, rompiendo el silencio—. Si tuviera que elegir entre el infinito y unas croquetas, me quedo con las croquetas.
Lojo, volviendo a limpiar su zona de trabajo, sonrió con calma.
—El infinito puede ser complicado, pero al menos no interrumpe el almuerzo.
Y así, otro día de tinta llegaba a su fin en Too Tattoo, con Lojo demostrando que, aunque todos puedan tatuar el infinito, solo unos pocos pueden hacerlo memorable.
El Amor Duele, Pero los Tatuajes Más
Era una tarde típica en Too Tattoo, llena de zumbidos de máquinas y puñaladas flotando en el aire. Jun estaba en su rincón, maldiciendo la falta de buen gusto en los clientes habituales, Soraya revisaba memes de tatuajes desastrosos, Aldara organizaba su material con precisión casi ritual, y Jacobo masticaba algo que parecía ser su cuarto bocadillo del día. Lojo, por supuesto, estaba en su silla, impecablemente vestido, ajustando sus herramientas como si estuviera preparándose para operar a un Dios.
La puerta se abrió, y una pareja joven entró de la mano, con sonrisas demasiado grandes para ser reales. Ambos llevaban camisetas a juego que decían: "Forever Together".
—Hola —dijo la chica, con una voz dulce que casi daba diabetes—. Queremos hacernos un tatuaje de pareja. Algo especial.
El estudio quedó en silencio. Todos intercambiaron miradas como si acabaran de presenciar un crimen.
—¿Un tatuaje de pareja? —preguntó Jun, levantando la vista con una expresión que decía claramente "ya hemos visto esto antes."
—¡Sí! —dijo el chico, entusiasmado—. Algo que simbolice nuestro amor eterno.
Soraya dejó caer su móvil sobre el mostrador y lanzó una carcajada.
—Amor eterno, ¿eh? ¿Sabéis que los tatuajes duran más que la mayoría de las relaciones?
La chica frunció el ceño.
—Nosotros no somos como los demás. Llevamos juntos dos años.
—Oh, dos años. Todo un récord olímpico —murmuró Jacobo, mientras mordía su bocadillo.
Aldara, que tenía fama de tomarse las cosas con seriedad (aunque solo hasta cierto punto), se acercó con su tablet.
—¿Qué tenéis en mente?
—Queremos algo sencillo, pero profundo —dijo el chico. Luego sacó su móvil y mostró un diseño: dos corazones entrelazados con sus nombres dentro.
—Ah, los clásicos corazones entrelazados… ¿Seguro que no preferís algo más original? Como un contrato de divorcio en miniatura —sugirió Soraya, sin contener la risa.
—¡No! Esto es perfecto —dijo la chica, ignorando la burla.
Jun cruzó los brazos, apoyándose contra la pared.
—¿Sabéis cuántas parejas han venido aquí a hacerse tatuajes juntos y luego han vuelto, solos, pidiendo un cover?
—Nosotros no vamos a dejarlo —dijo el chico con firmeza, mirando a Jun como si estuviera desafiándolo.
Lojo, siempre el diplomático, intervino con calma.
—El amor es como un tatuaje. Puede ser hermoso, pero si no se cuida, termina siendo una carga… o algo que quieras borrar.
Jacobo, riéndose, añadió:
—O puede terminar cubierto por un dragón japonés.
Finalmente, después de varias bromas y comentarios sarcásticos, la pareja decidió seguir adelante con su diseño. Aldara se ofreció para tatuarlos, y ambos se turnaron para sentarse en la camilla.
Primero fue el chico. Mientras Aldara trabajaba, el equipo seguía lanzando comentarios desde el fondo.
—¿Y si rompen, quién se queda con los corazones? —preguntó Soraya.
—Podrían dividirlos. Cada uno se queda con medio. Muy equitativo —sugirió Jun.
—¿Y si en vez de nombres ponemos “Propiedad de Nadie”? Así es más fácil de reciclar después —añadió Jacobo, limpiándose las migas de su camisa.
El chico intentó reír, pero estaba demasiado concentrado en no gritar por el dolor.
—¿Te duele, amor? —preguntó la chica, con una voz preocupada.
—No… esto… es… hermoso —jadeó él, claramente sufriendo.
—Claro, el dolor es hermoso —dijo Aldara, sin levantar la vista de su trabajo—. Hasta que el amor se acaba.
Cuando fue el turno de la chica, la situación no mejoró.
—¡Ay! Esto duele mucho más de lo que esperaba —dijo ella, apretando los dientes.
—El amor duele, cariño. Pero al menos esto no va a dejarte por otra persona —murmuró Aldara, mientras seguía tatuando.
Cuando los tatuajes estuvieron terminados, la pareja se levantó y se miraron en el espejo, emocionados.
—Es perfecto —dijo la chica, con lágrimas en los ojos.
—Increíble. Esto nos unirá para siempre —añadió el chico, abrazándola.
El equipo observó la escena con expresiones que iban desde la diversión hasta la incredulidad.
—Bueno, ya está hecho. Ahora sois oficialmente inmortales… o al menos hasta que os aburráis el uno del otro —dijo Jun, mientras guardaba sus herramientas.
Soraya se acercó y les dio un consejo final.
—Si algún día rompéis, volved aquí. Os haremos un cover con algo más útil, como un recordatorio de “Nunca más.”
Cuando la pareja se marchó, todos volvieron a sus respectivas tareas. Jacobo fue el primero en romper el silencio.
—¿Cuánto tiempo les dais?
—Un año —dijo Soraya, sin dudarlo.
—Seis meses —añadió Jun.
—Tres semanas, como mucho —dijo Aldara.
Lojo, siempre el optimista, sonrió ligeramente.
—Les doy el beneficio de la duda. Quizás sean la excepción.
Jacobo soltó una carcajada.
—Claro, Lojo. Y quizás yo deje de comer croquetas.
Y así, otro día, recordando a todos que, aunque el amor puede no durar para siempre, un tatuaje mal pensado sí lo hará.
El cover de la vergüenza
Era una mañana tranquila en Too Tattoo, al menos en apariencia. Jun organizaba sus agujas mientras refunfuñaba sobre clientes "sin gusto", Soraya navegaba en su móvil buscando memes oscuros, Jacobo devoraba su primer bocadillo del día (probablemente de croquetas), Aldara organizaba sus tintas como si estuviera preparando un hechizo, y Lojo, siempre impecable, repasaba su agenda con calma divina.
La puerta del estudio se abrió lentamente y entró el chico del tatuaje de pareja del día anterior. Juan, según recordaban, ahora no tenía esa sonrisa confiada de "amor eterno". En su lugar, parecía haber envejecido diez años en una noche.
—Buenos días… —dijo con voz apagada, mirando al suelo.
Soraya fue la primera en romper el silencio.
—Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí? ¿El romántico eterno ha vuelto tan pronto?
Jun ni siquiera levantó la vista.
—Déjame adivinar. ¿Tu "amor eterno" duró menos que una pila de reloj?
El chico se encogió de hombros, claramente avergonzado.
—Mi novia… bueno, mi exnovia… me dejó anoche.
Jacobo, con un trozo de bocadillo en la mano, estalló en carcajadas.
—¡Lo sabía! ¡Si es que hay cosas que no fallan! El tatuaje de pareja es como abrir un paraguas dentro de casa. Pura mala suerte.
Aldara, siempre directa, preguntó:
—¿Y ahora qué? ¿Vienes a pedirnos que lo borremos?
—No… bueno, sí. Quiero un cover. No puedo mirar este tatuaje sin recordar lo que pasó.
Lojo se acercó, calmado como siempre.
—¿Qué pasó exactamente?
El cliente suspiró profundamente, como si estuviera reviviendo la peor noche de su vida.
—Después de que nos hicimos el tatuaje, ella empezó a decir que sentía que estaba “encadenada a un hombre”. Que necesitaba “liberarse” y que el tatuaje la hacía sentirse "propiedad de alguien". Luego, por la noche, me dijo que hacía tiempo que había conocido a otro. Un tipo que “comprendía mejor su energía”.
Soraya casi escupe el café que estaba bebiendo.
—¿Que comprendía su energía? ¡Por Dios, esto es mejor que un drama de Netflix!
Jun resopló.
—Así que básicamente, te dejó porque el tatuaje le abrió los ojos. Bueno, al menos sirvió para algo.
El chico se sentó en la camilla, todavía con una expresión de derrota.
—Por favor, necesito que arreglen esto. No importa lo que cueste.
Aldara cruzó los brazos.
—¿Qué quieres que hagamos? ¿Cubrirlo con un dragón llorón? Porque parece lo más apropiado.
—O un bote de basura —añadió Jacobo, todavía riéndose.
Lojo levantó una mano para calmar el ambiente.
—Dejemos las bromas. Esto es serio.
—¿Serio? —dijo Jacobo, levantando una ceja—. Vamos, Lojo. Esto es un show en toda regla.
—El arte no juzga —respondió Lojo con su voz serena—. Pero sí soluciona errores.
Juan lo miró con ojos llenos de esperanza.
—¿Puedes hacer algo?
—Creo que Soraya es la más adecuada para convertir ese desastre en algo que tenga sentido… y dignidad —respondió Lojo.
Soraya comenzó a trabajar, trazando un diseño que cubriera los corazones entrelazados y los nombres de la pareja. Lo reemplazó con un fénix estilizado, que emergía de las cenizas con detalles elegantes y líneas limpias.
—Esto simboliza renacimiento y fortaleza —explicó Soraya mientras tatuaba.
—¿Renacimiento? —preguntó Jacobo desde el fondo—. Yo diría que es más bien un “recuerda no hacer idioteces otra vez”.
Aldara, divertida, añadió:
—Podrías tatuarle al lado una lista: “1. No nombres, 2. No corazones, 3. No novias.”
Lojo, mirando el diseño, comentó con aprobación.
—Al menos esto no hará que te arrepientas cada vez que lo veas.
El cliente, aunque seguía avergonzado, comenzó a relajarse.
—Gracias… creo que esto es justo lo que necesito.
—Bueno, necesitarás terapia también —murmuró Jun, aunque nadie pudo saber si hablaba en serio o en broma.
Cuando Soraya terminó, el chico se levantó de la silla y se miró en el espejo. En lugar de los corazones y los nombres que representaban una relación rota, ahora tenía un tatuaje impresionante que irradiaba fuerza.
—Es… increíble. No sé cómo agradecerte esto.
—No lo agradezcas aún —dijo Soraya, cruzándose de brazos—. Asegúrate de no volver a cometer el mismo error.
—Y, por favor, si vuelves con otra novia, que no sea aquí donde te tatúes —añadió Aldara.
Jacobo, terminándose su bocadillo, concluyó:
—O mejor aún, si vuelves, que sea solo para invitarme a croquetas. Eso nunca traiciona.
Cuando el cliente salió del estudio, el equipo se quedó en silencio por un momento. Finalmente, Soraya rompió el hielo.
—¿Qué aprendimos hoy?
—Que el amor no es infinito, pero los tatuajes sí pueden serlo —respondió Jun, guardando sus herramientas.
—Y que siempre es buena idea dejar espacio para un cover —añadió Aldara, con una sonrisa.
Lojo, como siempre, cerró con sabiduría.
—El arte puede curar heridas… pero la estupidez no tiene remedio.
Jacobo, riéndose, concluyó:
—Por eso me dedico a comer. Es lo único que nunca me deja tirado.
Y así terminó otro día en Too Tattoo, donde el equipo demostró, una vez más, que el verdadero arte no está en cubrir tatuajes… sino en cubrir las malas decisiones de la gente. Porque, al final, un tatuaje puede arreglarse, pero los traumas emocionales quedan para siempre. ¿Quién necesita terapia cuando tienes un fénix increíble y un equipo dispuesto a reírse de tu miseria?
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