viernes, 3 de enero de 2025

Enero 25

Bienvenidos a Too Tattoo

Hay lugares que respiran arte y pasión. Hay sitios que vibran con creatividad y devoción. Y luego está Too Tattoo, un estudio de tatuajes donde los sueños cobran vida… para convertirse en tus peores pesadillas. Porque aquí no solo te llevas un diseño en la piel; te llevas una historia, un trauma, o, con suerte, un poco de sangre extra.

Ubicado en el corazón de un barrio que nunca duerme (pero probablemente porque alguien está siendo asaltado), Too Tattoo es más que un estudio: es un refugio para almas perdidas, cuerpos desesperados y clientes que no tienen ni idea de lo que quieren, pero insisten en “algo pequeño y significativo, como mi ex”. El aroma a tinta y desinfectante llena el aire, mezclado con el grito ocasional de un cliente que descubrió tarde que "blackout" no es sinónimo de "relajante".

Los encargados de mantener esta máquina infernal en funcionamiento son cinco personas con más problemas emocionales que un reality show familiar:

Jun, el rey del drama y el grito.
Es gordito, irascible y tiene una paciencia tan corta como el pelo Lojo. Amante del estilo japonés, amenaza constantemente con “hacer un hara-kiri artístico” cada vez que un cliente le pide una frase en latín mal traducida. (“¡Te voy a tatuar Veni, Vidi, Vaffanculo! Y ni me hables de fuentes cursivas.”)

Aldara, la dulce asesina.
Con su voz suave y su apariencia frágil, Aldara es el tipo de persona que parece incapaz de matar una mosca. Pero, si le pides un tatuaje con significado "minimalista", prepárate para oír un monólogo sobre las "almas en pena que merecen desaparecer". Sus blackout son tan intensos que muchos clientes juran sentir cómo la tinta se les mete en los huesos.

Soraya, a.k.a. “La Chunga”, la bordadora de almas.
Especialista en tatuajes bordados, Soraya tiene el don de hacer que cualquier diseño parezca salido de la chaqueta de un motero psicópata. Dulce por fuera y completamente psycho por dentro, es la encargada de lidiar con los clientes más pesados. Una vez dejó a un tío llorando en el baño por pedirle un tribal en la cara: "No tatuaré basura en basura, cariño".

Lojo, el dios griego perdido.
Lojo es el tatuador todoterreno del grupo, un ser apolíneo que parece haber sido esculpido en mármol por los mismísimos dioses. Siempre impecable, Lojo puede tatuarte una obra maestra mientras da lecciones de etiqueta a los clientes. Nadie sabe por qué trabaja en un lugar tan caótico, pero se sospecha que tiene un contrato con el diablo… o con Jacobo, que es peor.

Jacobo, el piercer siempre hambriento.
Con más kilos que paciencia, Jacobo es el maestro del piercing y el caos culinario. Mientras perfora narices, labios y cualquier otra parte que alguien tenga la osadía de pedir, habla de comida como si fuera un poeta romántico: “Este lóbulo de oreja me recuerda a unas croquetas de jamón que probé una vez…” Nadie sabe cómo sobrevive con tantos antojos en un barrio lleno de restaurantes. Probablemente porque se los come antes de que terminen el trabajo.

Too Tattoo es su reino, y las historias que aquí nacen son tan absurdas como macabras. Hay clientes que vienen con lágrimas, otros con risas nerviosas y algunos con demandas tan bizarras que hacen dudar de la cordura humana. Pero, al final, todos se llevan algo único. A veces es un tatuaje hermoso. A veces, es una cicatriz emocional. Y, de vez en cuando, es un funeral.

Así que siéntate, relájate, y déjate llevar por las historias que aquí se tejen con tinta, agujas y un humor tan negro como el blackout de Aldara. Bienvenido. Es posible que salgas llorando… pero al menos no serás el primero.


La Reunión de Emergencia

Había algo extraño en el aire esa mañana en Too Tattoo. Tal vez eran las nubes negras acumulándose sobre el barrio, o quizás el hedor persistente a desinfectante mezclado con la croqueta de anoche que Jacobo se había dejado caer bajo la camilla de piercings. Pero la verdadera señal de que algo estaba a punto de irse a la mierda fue cuando Jun entró al estudio sosteniendo un cartel escrito en Comic Sans que decía: "REUNIÓN DE EMERGENCIA: TODOS PREPARADOS EN 5 MINUTOS".

—¿Y ahora qué? —gruñó Soraya, mirando el cartel con el ceño fruncido—. ¿Nos va a enseñar otra katana? Porque la última vez casi le corta el bigote a Jacobo.

—No lo sé, pero apuesto a que va a gritar —respondió Aldara, mientras organizaba sus agujas en perfecto orden. Era su ritual para lidiar con los enfados de Jun: mantener algo, cualquier cosa, bajo control.

Lojo, como siempre impecable, siguió con su café mientras murmuraba:
—Cuando Jun dice "emergencia", generalmente significa que alguien le pidió un tatuaje de un infinito en la muñeca.

Cinco minutos después, todos estaban sentados, rodeados por sillas de cuero medio destartaladas y un maniquí al que alguien, probablemente Soraya, había tatuado un pene en la frente.

Jun se plantó frente al grupo como un general antes de la batalla. Sostenía en una mano una lista de papel arrugada y en la otra, para sorpresa de nadie, su katana favorita.

—¡Esto se acabó! —exclamó, haciendo un gesto dramático con la espada.
—¿Otra vez con la katana? —preguntó Soraya, arqueando una ceja.
—¡Esto no es sobre la katana! ¡Es sobre los clientes! Estoy HARTO.

—¿De qué exactamente? —preguntó Lojo con calma, tomando un sorbo de su café.
—¡De esto! —Jun agitó la lista en el aire—. Frases en latín mal traducidas. Tatuajes minimalistas que parecen dibujados por un niño de cinco años. ¡Y si un imbécil más me pide un lobo aullándole a la luna en un brazo, juro que voy a empezar a tatuar directamente insultos!

Jacobo, que estaba devorando una empanada de algún origen cuestionable, levantó la mano como un niño en la escuela.
—¿Y qué pasa con los piercings? ¿Puedo seguir perforando narices con un palillo si se acaban las agujas?

—¡No es sobre ti, Jacobo! —gritó Jun, aunque claramente se arrepintió porque Jacobo estaba masticando con demasiado entusiasmo.
—Espera, ¿esto es una intervención? Porque yo no pienso dejar el blackout —intervino Aldara, cruzando los brazos con firmeza—. Si no les gusta mi estilo, pueden ir a tatuarse líneas finas con algún influencer de Instagram.

Soraya se estiró en su silla y puso los pies en la mesa.
—Entonces, ¿qué propones, Jun? ¿Nos convertimos en el primer estudio vegano-minimalista-del-zen y hacemos tatuajes con henna ecológica? Porque si es así, renuncio.

Jun respiró hondo, claramente al borde del colapso, y señaló la lista como si fuera el resultado de una autopsia particularmente traumática.
—¡Propongo normas! ¡Reglas para los clientes! ¡Algo que nos proteja de estas barbaridades!

Hubo un silencio breve, roto solo por el crujir de la empanada de Jacobo.

—Normas… —repitió Lojo, como si estuviera considerando seriamente la posibilidad de exiliarse a otro planeta.
—Sí, normas. Como, por ejemplo: prohibido pedir frases en idiomas que no entiendan. Si quieres tatuarte "Carpe Diem", al menos no lo escribas como "Carpa Día".

—¿Y qué hacemos si lo piden? —preguntó Aldara con un brillo sádico en los ojos.
—¡Lo hacemos mal a propósito! —gritó Jun. Luego añadió en voz baja—: Y lo cobramos más caro.

Soraya se rió.
—Me gusta. ¿Qué más?

Jun revisó su lista, murmurando.
—Prohibido traer acompañantes que opinen más que el cliente. Si tu amiga dice “yo creo que le quedaría mejor una flor”, ¡ella se lo paga!

Jacobo levantó la mano de nuevo, esta vez sosteniendo una croqueta imaginaria.
—¿Y si alguien trae comida, pero no comparte? Porque eso sí que debería estar prohibido.

El resto del equipo lo ignoró, excepto Lojo, que simplemente le dio una palmada en el hombro como diciendo "sigue así, vas bien".

Jun terminó su discurso con un golpe dramático sobre el mostrador.
—¡A partir de ahora, Too Tattoo será un lugar de arte y respeto! ¡No un parque infantil de horrores estilísticos!

El grupo lo miró en silencio. Finalmente, Soraya habló, ajustándose una chaqueta.
—Vale, Jun, pero sabes que mañana alguien pedirá un tatuaje de un infinito con la frase “Live, Laugh, Love” y te pagará en efectivo y más de lo que vale. ¿Qué hacemos entonces?

Jun suspiró, mirando su lista como si fuera su último hilo de esperanza.
—Lo hacemos. Pero no les damos la satisfacción de disfrutarlo…

Y con eso, la reunión terminó. Las normas quedaron escritas en una pizarra que nadie leyó nunca, y Too Tattoo volvió a su caos habitual, con Jun gritando, Aldara planeando diseños oscuros, Soraya riéndose de todo, Lojo manteniendo su dignidad y Jacobo… bueno, buscando otra croqueta.







El Cliente Perfecto

Era un día más en Too Tattoo, lo que significaba que nada bueno podía pasar. Apenas había abierto la puerta del estudio cuando Jun, ya irritado desde las siete de la mañana, gruñó al ver entrar a su primer cliente. Era un hombre alto, delgado, con gafas de pasta y una chaqueta que gritaba: “No tengo personalidad, pero soy un experto en todo”.

—Hola, quiero un tatuaje pequeño —dijo el cliente mientras inspeccionaba el lugar como si estuviera en un museo barato—. Algo minimalista, pero con mucho significado. Algo que diga quién soy, ¿me entiendes?

Jun respiró hondo, apretando el mango de su katana imaginaria.
—Claro. Algo pequeño, significativo y que diga quién eres. ¿Qué tal un punto? Pequeño, conciso y te describe a la perfección.

—No, no, algo más… espiritual. Quizás un mandala. ¿Hacéis mandalas?

Antes de que Jun pudiera responder, Soraya apareció detrás del mostrador, con una sonrisa tan dulce como falsa.
—¿Un mandala? ¡Por supuesto! Pero aquí hacemos mandalas especiales. Los llamamos “círculos de la desesperación”. Se tatúan con tinta negra y lágrimas de tatuadores quemados por la vida.

El cliente parpadeó, confundido.
—¿Eso es… un estilo nuevo?

—Oh, sí —respondió Aldara desde su esquina, sin levantar la vista de sus agujas—. Muy exclusivo. Solo aceptamos clientes con una profunda conexión con el vacío existencial. ¿Eres uno de ellos?

—Eh… claro —murmuró el cliente, claramente incómodo pero demasiado orgulloso como para marcharse.

Lojo, que acababa de entrar al estudio con un café recién comprado, se inclinó sobre el mostrador y le dedicó su sonrisa más encantadora.
—Podemos hacerlo, pero los mandalas tienen un coste emocional. Cada línea representa un trauma. ¿Tienes suficientes traumas como para justificar el diseño?

El cliente abrió la boca, pero antes de que pudiera responder, Jacobo irrumpió desde la trastienda con un trozo de pizza en la mano.
—¿Este tipo tiene traumas? —preguntó, mirando al cliente de arriba abajo como si lo estuviera evaluando para un menú—. No parece alguien que haya sobrevivido a un buffet libre.

—¡Jacobo, calla! —gritó Jun, ya al borde de la locura—. Mira, chaval, ¿quieres el puto tatuaje o no?

El cliente, ahora sudando ligeramente, asintió.
—Sí, sí, quiero el mandala. Pero que sea algo único, algo que nadie más tenga.

Soraya rió entre dientes.
—Oh, cariño, único lo será. ¿Te importa si le añadimos un toque personal? Tal vez una línea extra que forme un mensaje secreto que solo los gatos puedan entender.

El cliente no respondió, probablemente porque estaba demasiado ocupado intentando entender si todos los tatuadores estaban bromeando o si acababa de firmar un contrato con el diablo. Finalmente, Jun se levantó de su silla y se puso los guantes.
—Vale, vamos al lío. Prepárate para el mandala más espiritual que hayas visto. Y cuando te mires al espejo, recuerda: el verdadero significado está en cómo lo interpretes… o en cómo lo soportes.

El cliente se tumbó en la camilla, mientras el resto del equipo se reunía discretamente para observar desde una distancia segura. Aldara susurró:
—¿Cuánto tiempo creéis que va a tardar en llorar?

—Diez minutos —respondió Soraya.
—Cinco —dijo Jacobo con un trozo de pizza colgándole de la boca.

Jun, mientras tanto, trabajaba con la precisión de un cirujano, añadiendo líneas y formas con un detalle casi obsesivo. Después de media hora, el cliente intentó hablar.
—¿Está quedando bien?

—Oh, sí —respondió Jun, sin apartar la vista del diseño—. Está quedando… perfecto.

Cuando terminó, el cliente se levantó y miró el tatuaje en el espejo. Por un momento, hubo silencio absoluto en el estudio. Luego, el cliente murmuró:
—¿Es un… huevo frito?

Jun sonrió con una serenidad que bordeaba la psicopatía.
—Es un mandala conceptual. Representa el ciclo de la vida: la clara como el vacío, la yema como el núcleo de tu ser, y los bordes quemados como tus elecciones de vida. ¿No es hermoso?

El cliente abrió la boca, cerró la boca, y finalmente decidió que no tenía el valor suficiente para protestar.
—Sí… claro. Es… profundo.

Cuando salió del estudio, Soraya se inclinó hacia Jun.
—¿Por qué un huevo frito?

Jun se encogió de hombros.
—Porque estoy harto. Y porque se lo merecía.

Jacobo levantó su pizza como si fuera un brindis.
—¡Por los huevos fritos conceptuales!

Y el día continuó, porque en Too Tattoo, los clientes venían con ideas y salían con historias… algunas más idiotas que otras.


El Tatuaje Invisible

La tarde en Too Tattoo había alcanzado ese punto en el que el aburrimiento comenzaba a ser peligroso. Soraya jugaba con sus agujas, creando figuras en la mesa mientras Jun se cagaba en todo en voz baja porque alguien había puesto el papel de váter al revés de lo que él consideraba adecuado. Jacobo, por supuesto, estaba en su rincón con una empanada que había encontrado en algún lugar misterioso, y por lugar misterioso no hablo de un establecimiento precisamente.

La puerta del estudio se abrió, dejando entrar a un hombre flaco y nervioso. Vestía ropa gris que parecía tan olvidable como él, y sus gafas estaban torcidas, como si alguien hubiera intentado enderezarlas con los dientes.

—Hola —dijo el hombre, su voz tan baja que apenas llegó a los oídos de Soraya—. Estoy aquí para un tatuaje. Pero… quiero algo especial.

Soraya alzó la vista con una sonrisa y su mirada de dulce pero cabrona.
—¿Especial? ¿Qué tan especial estamos hablando? ¿Una Hello Kitty? ¿Una virgen llorando sangre? ¿Un tribal en la frente?

El hombre negó con la cabeza.
—No. Quiero… un tatuaje invisible.

La risa de Soraya fue instantánea, una carcajada que rebotó en las paredes del estudio. Jun, que estaba luchando el papel de váter, dejó de maldecir para unirse al espectáculo.
—¿Invisible? ¿Quieres un tatuaje que no se vea. ¿Para qué? ¿Para presumir con fantasmas?

El hombre enderezó las gafas, claramente acostumbrado a no ser tomado en serio.
—Es un concepto. Quiero algo personal, algo que yo sepa que está ahí. Es… metafísico.

—Metafísico, claro. ¿No prefieres un té de hierbas? —intervino Jun con sarcasmo.
—¡Lo haré yo! —dijo Soraya. Sus ojos brillaban con una mezcla de burla y entusiasmo.

—¿En serio? —preguntó Jun, alzando una ceja.
—Claro que sí. Un tatuaje invisible es lo más fácil del mundo. Además, me vendrá bien una sesión relajada. Pero, por supuesto, esto va a costar como si fuera un mural en la Capilla Sixtina.

—No hay problema —dijo el cliente, sacando un fajo de billetes que dejó a Jacobo masticando en cámara lenta.
—¿Es real? —susurró Jacobo, mirando el dinero con ojos brillantes.

El hombre se tumbó en la camilla mientras Soraya se preparaba. Jun se inclinó contra la pared, observando con los brazos cruzados, claramente disfrutando del espectáculo.
—¿Qué diseño quieres? —preguntó Soraya, encendiendo la máquina de tatuar, aunque no tenía intención de usar tinta.
—Algo elaborado. Un símbolo que represente mi alma.

—Tu alma, claro. —Soraya alzó una ceja mientras miraba el brazo del hombre—. Bueno, prepárate, porque tu alma está a punto de verse divina.

Con movimientos exagerados, Soraya comenzó a "tatuar" el brazo del hombre, haciendo sonidos con la máquina y pausando de vez en cuando para "admirar su obra". Mientras tanto, Jun se mordía los labios para no reírse, y Jacobo, desde la trastienda, murmuraba:
—¿Podemos vender tatuajes invisibles en paquete? Esto podría ser un negocio.

Soraya, completamente metida en el papel, añadió:
—Este diseño es único. Nadie más en el mundo tendrá algo igual. Bueno, porque nadie más podrá verlo, pero ya sabes, esto es arte.

El cliente cerró los ojos, claramente emocionado.
—Siento como si algo cambiara dentro de mí. Es como si mi piel… estuviera iluminada.

Jun resopló desde la esquina, susurrando:
—Claro, iluminada con aire.

Después de casi una hora, Soraya apagó la máquina y dio un paso atrás.
—Listo. El tatuaje invisible más elaborado que he hecho. ¿Te gusta?

El hombre se levantó lentamente y miró su brazo en el espejo. Su expresión era de pura fascinación.
—Es perfecto. Justo lo que quería.

—Por supuesto que sí —respondió Soraya con una sonrisa encantadora mientras se quitaba los guantes—. Soy una artista, baby.

Cuando el hombre se marchó después de pagar (y dejar una propina generosa), el estudio quedó en silencio por un momento. Finalmente, Jun habló:
—Acabamos de cobrarle 600 pavos por aire.

Soraya se encogió de hombros, guardando el dinero en la caja.
—Arte, Jun. Esto es arte conceptual. No todo el mundo lo entiende.

—¿Y si vuelve para un retoque? —preguntó Jacobo mientras buscaba en su mochila algo más para comer.
—Le cobramos otros 600 —respondió Soraya con una sonrisa—. Y esta vez le decimos que está "evolucionando".

Jun sacudió la cabeza mientras volvía a su rincón, pero no pudo evitar sonreír. Porque en Too Tattoo, incluso lo invisible tenía un precio… y siempre valía la pena pagarlo.




La Señora de los Gatos

Era un martes como cualquier otro en Too Tattoo, lo que significaba que era el día de “hablarse bonito” y que Jacobo ya debía haber terminado su tercer desayuno, Jun había gritado por el dispensador de agua roto al menos cinco veces, y Soraya estaba dibujando diseños macabros mientras tarareaba canciones de navidad. Lojo, impecable como siempre, organizaba sus herramientas con la precisión de un cirujano.

Entonces, la puerta del estudio se abrió y una señora pequeña y peculiar entró, arrastrando consigo una nube de perfume barato y una cantidad alarmante de pelos de gato. Tenía el cabello recogido en un moño apretado y un bolso tan abultado que parecía esconder un pequeño zoológico.

—¡Buenos días! —exclamó, radiante, ignorando las miradas confusas del equipo.
—Buenos días… —respondió Lojo con su habitual cortesía.
—Estoy aquí para algo muy especial. Quiero tatuarme a mis bebés.

La señora sacó de su bolso una pila de fotografías desordenadas. Había al menos una docena de gatos: negros, blancos, atigrados, con pelos largos, sin pelo y uno que parecía perpetuamente enfadado.

—Quiero que sus caritas estén conmigo para siempre —continuó, señalando sus manos—. En cada dedo. Quiero un retrato de cada uno.

Jun dejó caer el lápiz con el que estaba dibujando y Soraya soltó una carcajada que trató de disimular fingiendo una tos. Aldara solo levantó una ceja desde su rincón, mientras Jacobo murmuraba entre bocados de empanada:
—¿Eso es siquiera anatómicamente posible?

Lojo, fiel a su temple, sonrió amablemente.
—Un retrato en cada nudillo… eso es un reto artístico, pero puedo intentarlo.

La señora sonrió con entusiasmo, como si le hubieran prometido el cielo.
—Sabía que usted lo entendería. Estos son mis bebés: Tomás, el mimoso; Bigotes, mi travieso; Señor Mordisquitos, el intelectual… cada uno tiene una personalidad única. Quiero que eso se refleje en los tatuajes.

Lojo asintió con una sonrisa, pero detrás de su expresión serena ya estaba trazando un plan.

La señora se acomodó en la camilla, mientras Lojo revisaba las fotos. Jun se inclinó hacia Soraya y murmuró:
—Esto va a ser un desastre. ¿Por qué aceptó esto?
—Porque es Lojo. Siempre sale ganando.

Comenzó con el primer nudillo. Pero no dibujó a Tomás, ni a Bigotes, ni al Señor Mordisquitos. En lugar de eso, comenzó a rellenar el espacio con negro puro, cubriendo completamente el nudillo. Mientras trabajaba, mantuvo una conversación tranquila con la señora, preguntándole detalles sobre cada gato.

—Tomás es el mimoso, dices. Seguro que siempre te mira con esa intensidad que dice “dame mimos a mí primero”.
—¡Exactamente! —respondió la señora, encantada.
—Ah, lo estoy captando perfectamente —dijo Lojo, mientras continuaba rellenando con tinta negra.

Uno por uno, los nudillos se oscurecieron por completo. Cuando terminó, cada mano parecía una fila de pequeños bloques de carbón.

—Listo —dijo Lojo, quitándose los guantes con elegancia.
—¿Ya está? —preguntó la señora, levantando las manos con emoción. Pero su expresión cambió rápidamente al ver los tatuajes.
—¿Por qué… están completamente negros? ¿Dónde están mis bebés?

Lojo, sin perder la compostura, se inclinó hacia ella con una sonrisa de sabiduría.
—Ah, pero ahí están. Estos son tus gatos… con la luz apagada.

La señora parpadeó, claramente confundida.
—¿La luz apagada?

—Por supuesto. Es un diseño conceptual. Tus bebés están ahí, en la oscuridad. Representa cómo ellos siempre están contigo, incluso en las sombras. Es una obra profundamente metafórica. ¿No lo sientes?

La señora, impresionada por su tono solemne y su confianza, miró sus manos otra vez. Lentamente, su expresión pasó de la confusión a la admiración.
—¡Es… profundo! Mis bebés… ¡en la oscuridad! Nunca lo habría pensado. Es como si siempre estuvieran velando por mí, incluso cuando no los veo.

Jun, desde su rincón, estaba al borde de la risa, mientras Soraya se mordía el labio para no estallar. Jacobo simplemente murmuró:
—Es un genio. Un puto genio.

—Me alegra que te guste —dijo Lojo, mientras limpiaba su área de trabajo con calma.
—¡Me encanta! —respondió la señora con entusiasmo—. Es tan artístico… ¡tan simbólico! Muchas gracias.

Pagó generosamente, dejando incluso una propina, y salió del estudio con las manos levantadas, murmurando sobre la belleza de sus gatos en la oscuridad.

Cuando la puerta se cerró, Jun se giró hacia Lojo con incredulidad.
—¿Gatos en la oscuridad? ¿De verdad?

Lojo sonrió con serenidad mientras tomaba su taza de café.
—El arte está en los ojos del espectador, Jun. Y a veces, también en lo que no pueden ver.

Soraya rompió a reír, golpeando la mesa.
—Lojo, eres un maestro. ¡Le vendiste un blackout como arte conceptual de gatos!

—¿Y si vuelve para retoques? —preguntó Jacobo, todavía impresionado.
—Ah, fácil. —Lojo tomó un sorbo de café—. Le diré que les haga "maullar" en su corazón.

Y así, Too Tattoo añadió un capítulo más a su historia, con Lojo demostrando que incluso el embaucador más elegante puede convertir el negro puro en poesía… y en un día muy rentable.







El Excéntrico Millonario

Era un día más en Too Tattoo, o al menos así parecía hasta que la puerta se abrió y entró un hombre alto, vestido con un traje blanco que gritaba "caro" desde cada costura. Llevaba gafas de sol ridículamente grandes y un anillo en cada dedo, como si fuera una combinación extraña entre Elton John y un capo de la mafia.

—¡Buenos días! —exclamó con una voz que llenó todo el estudio—. Busco tatuarme algo… único. Y por único, quiero decir todo mi cuerpo en una sola sesión.

—¿Todo tu cuerpo? En una sola sesión. ¿Estás seguro de eso?

El millonario asintió con una sonrisa radiante.
—Por supuesto. ¡Quiero ser una obra de arte viviente! Pero no cualquier arte. Quiero algo que rompa todas las normas.

—¿Y qué tienes en mente? —preguntó Soraya, mirando al hombre con curiosidad.
—Ah, lo he pensado mucho —respondió, sacando una libreta de su maletín y abriéndola sobre el mostrador. En cada página había garabatos que parecían dibujados por un niño en pleno ataque de azúcar—. Quiero un unicornio peleando con Nietzsche. En mi pecho.

—¿Nietzsche? —repitió Jacobo desde la trastienda, asomándose con un trozo de pizza en la boca—. ¿El filósofo?

—¡Exactamente! Y en mi espalda quiero un volcán en erupción, pero en lugar de lava, que salga confeti.

El estudio quedó en silencio por un momento. Finalmente, Aldara levantó la vista de sus agujas y, con su voz suave dijo:
—Yo lo haré.

Jun la miró como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Tú? ¿Estás segura? Esto suena a…

—Un reto. Y me gustan los retos —interrumpió con una pequeña sonrisa que no prometía nada bueno.

El millonario se quitó el traje, revelando un cuerpo perfectamente bronceado y libre de tatuajes.
—Soy como un lienzo en blanco —dijo, mientras se tumbaba en la camilla—. Transforma este cuerpo en algo inolvidable.

Aldara comenzó con el diseño del unicornio y Nietzsche. Pero en lugar de un unicornio majestuoso y un filósofo pensativo, sus manos parecían tener una idea muy distinta: el unicornio terminó con una mirada de psicópata y dientes afilados, mientras que Nietzsche parecía más un loco escapado de un manicomio, con ojos desorbitados y una espada rota en la mano.

—¿Es… intencional que el unicornio tenga sangre en la boca? —preguntó el millonario, ligeramente preocupado.
—Por supuesto —respondió Aldara sin levantar la vista—. Es una metáfora de la lucha entre lo ideal y lo real.

El millonario asintió, claramente demasiado impresionado por el uso de la palabra “metáfora” como para cuestionarlo más.

Cuando Aldara pasó a la espalda, el diseño del volcán tomó un giro aún más oscuro. El confeti parecía más trozos de carne saliendo disparados del cráter, y las montañas alrededor tenían rostros de personas gritando. Soraya, que observaba desde un rincón, se inclinó hacia Jun y murmuró:
—Eso no es confeti. Eso es un volcán homicida.

—Es Aldara. ¿Qué esperabas? —respondió Jun, resignado.

A mitad de la sesión, el millonario empezó a sudar.
—¿Podemos tomar un descanso? Esto está empezando a… doler.

Aldara lo miró con una dulzura inquietante.
—El arte requiere sacrificio. ¿Quieres ser inolvidable, verdad?

El millonario asintió con nerviosismo, tumbándose de nuevo mientras Jacobo se acercaba con una botella de agua y murmuraba:
—Tú pediste esto, amigo. Ahora aguanta. Ya sabes el dicho: “Los tatuajes duelen, las pajas son las que dan gusto”.

Después de siete horas de trabajo (y muchas pausas para que el millonario no se desmayara), Aldara terminó su obra maestra.
—Listo —dijo, quitándose los guantes—. Ahora eres una obra de arte.

El millonario se levantó con esfuerzo y se dirigió al espejo de cuerpo entero. Lo que vio fue… inolvidable, pero no en el sentido que esperaba.

El unicornio en su pecho parecía un carnicero en plena masacre, con Nietzsche sosteniendo una pancarta que decía: "Dios está muerto, y tú serás el siguiente". En su espalda, el volcán escupía lo que claramente eran extremidades humanas, mientras pequeños demonios bailaban alrededor.

—Esto… esto no es lo que pedí —balbuceó, mirando su reflejo con horror.

Aldara lo miró con calma, limpiándose las manos.
—Es exactamente lo que pediste. Querías romper las normas, ¿no? Esto no es solo un tatuaje. Es una declaración sobre la humanidad, la locura y el caos inherente en nuestra existencia.

El millonario se quedó en silencio, procesando las palabras. Lentamente, una sonrisa extraña apareció en su rostro.
—Es… brillante. Es grotesco, pero tiene sentido. ¡Es arte!

Jun, desde la esquina, murmuró:
—¿En serio? ¿Se lo ha tragado?
—Aldara lo hizo parecer filosofía pura. Este tío ya está pensando en presumir en sus reuniones de millonarios —dijo Soraya, riéndose por lo bajo.

El millonario se vistió con cuidado, pagó una suma obscena (junto con una propina), y se marchó del estudio, murmurando algo sobre "la deconstrucción de la estética tradicional".

Cuando la puerta se cerró, Jun se giró hacia Aldara.
—Eso fue lo más macabro que he visto en mi vida.

Aldara sonrió mientras limpiaba su área de trabajo.
—El arte no siempre es bonito, Jun. Pero siempre tiene un impacto.

Jacobo, desde la trastienda, añadió:
—A mí me dio hambre. Ese volcán parecía carne asada. ¿Soy yo o…?

El estudio estalló en carcajadas mientras Aldara volvía a su rincón, con la satisfacción de haber dejado otra marca inolvidable en el caótico legado de Too Tattoo.








La Tarde de los Mil Piercings

El reloj marcaba las cinco de la tarde en Too Tattoo, y Jacobo ya había sobrevivido a dos empanadas, un bocadillo de tortilla y media docena de galletas que alguien había dejado en la trastienda. Era su día favorito: sábado, lo que significaba que todo el mundo, desde adolescentes malhumorados hasta adultos en crisis existencial, pasaba por el estudio buscando perforarse cosas que probablemente no debían perforarse.

Jun, mirando la fila de clientes que se acumulaba fuera, murmuró:
—Esto va a ser un desastre. Jacobo, ¿estás listo?

Jacobo levantó una aguja y sonrió con una confianza que no tranquilizó a nadie.
—Listo. Hoy vamos a convertir oídos, narices y lo que sea en obras de arte funcionales.

Soraya soltó una carcajada desde el mostrador.
—¿Arte funcional? Más bien vas a montar una ferretería humana. Arte disfuncional diría yo.

Jacobo ignoró el comentario y se dirigió a la primera clienta: una adolescente con más maquillaje que expresiones faciales, que se plantó en la silla como si estuviera a punto de enfrentarse al juicio final.

—Quiero un piercing en la nariz —dijo, sacando un móvil para tomarse selfies en pleno proceso.
—Fácil. —Jacobo se puso los guantes con un entusiasmo inquietante—. ¿Un aro, un brillantito o algo más… experimental?

La chica lo miró con el ceño fruncido.
—Solo un aro, pero que no duela.

—Ah, claro, porque soy un mago y las agujas son de terciopelo —murmuró mientras ajustaba los guantes.

El piercing salió perfecto, pero la chica se desmayó en cuanto vio la aguja.
—¿Estás bien? —preguntó Jacobo, dándole golpecitos en la cara mientras Soraya tomaba fotos con su móvil.
—Solo quiero un vídeo para el Instagram —respondió la chica, despertando lo justo para grabar el resultado.

Jacobo suspiró y miró a la fila.
—Siguiente.

El siguiente cliente era un hombre corpulento con cara de pocos amigos. Se sentó en la silla y abrió la boca antes de que Jacobo pudiera decir nada, sacando una lengua que parecía más grande de lo normal.
—Quiero un piercing en la lengua, pero que se vea… único. Algo que impresione.

Jacobo alzó una ceja.
—¿Qué tal un aro?
—No, eso es aburrido. Quiero algo extremo.

Soraya, que observaba desde la recepción, intervino con una sonrisa maliciosa.
—¿Y qué tal dos perforaciones en diagonal? Así parece que tu lengua tiene orejas.

El hombre lo pensó por un momento y luego asintió.
—Me gusta. Hazlo.

Jacobo, con la precisión de un cirujano (bueno, de un cirujano con hambre), perforó la lengua del hombre en dos puntos. Pero en lugar de quedar "único", el resultado final hizo que pareciera que tenía una pequeña galleta con orejas en la boca.

—¡Esto no es lo que quería! —gritó el hombre al mirarse en el espejo, aunque con la lengua recién perforada sonaba más como: "¡Etto no e lo ke kedia!"
—Es arte conceptual —dijo Jacobo, guardando las herramientas—. Si no lo entiendes, es porque eres demasiado literal.

El hombre salió furioso, dejando tras de sí un rastro de saliva, y Jacobo simplemente señaló al siguiente cliente.
—Siguiente.

El tercer cliente del día fue una pareja que parecía demasiado entusiasmada con todo.
—Queremos algo simbólico para celebrar nuestra conexión —dijo la chica, aferrada al brazo de su novio como si fuera una boya salvavidas.
—Algo que nos una para siempre —añadió el chico, con una mirada soñadora.

Jacobo los miró fijamente por un momento.
—¿Qué tal piercings en los ombligos? Y luego podéis conectar los aros con una cadenita. Muy romántico.

—¡Eso suena increíble! —gritaron ambos al unísono.

Jun, que observaba desde la esquina, murmuró:
—Esto va a terminar mal.

Jacobo perforó los ombligos con habilidad, colocando aros grandes en cada uno. Luego añadió una cadenita que conectaba a la pareja.
—Listo. Ahora sois oficialmente… inseparables.

Cuando la pareja intentó levantarse al mismo tiempo, la cadena se tensó y ambos cayeron de nuevo en la silla con un grito.
—¡Esto duele! —gritó la chica.
—¡Es el precio del amor! —respondió Jacobo, recogiendo las herramientas sin mirar atrás.

Soraya, incapaz de contenerse, rompió a reír.
—Jacobo, acabas de inventar la peor metáfora para una relación. ¿Qué pasa si uno quiere ir al baño?

—Es un test de compromiso. Si no pueden superar esto, no pueden superar nada.

El último cliente del día era un hombre mayor que parecía sacado de una película de terror. Tenía ojos pequeños y una sonrisa torcida que no tranquilizaba a nadie.

—Quiero un piercing en… —hizo una pausa dramática, señalando su ceja—. Pero no quiero que sea normal. Quiero que sea irrepetible.

Jacobo lo miró con cautela.
—¿Qué tal un aro grande?
—¡No! Quiero algo más… simbólico. Algo que diga quién soy.

Jacobo lo pensó por un momento, luego cogió una tuerca grande de su caja de herramientas y se la mostró al cliente.
—¿Qué tal esto? Es robusto, llamativo, y puedes decir que es una declaración contra las máquinas.

El hombre asintió emocionado.
—¡Perfecto!

Jacobo perforó la ceja y colocó la tuerca, ajustándola con cuidado. El resultado final parecía más un tornillo que un accesorio, pero el cliente estaba encantado.
—Es… revolucionario. Gracias, joven.

Cuando el hombre se marchó, Jun suspiró profundamente.
—Jacobo, has convertido a una persona en un mueble de Ikea.

Jacobo se encogió de hombros, metiéndose una empanada en la boca.
—Arte funcional, Jun. Siempre arte funcional.

Y así terminó otra tarde caótica en la historia de Too Tattoo, con Jacobo probando una vez más que, cuando se trata de piercings, no hay límites… solo posibilidades y un poco de locura.


 Viaje al País de Nunca Jamás

Era un día nublado en Too Tattoo, y el equipo estaba disfrutando de una breve pausa entre clientes cuando la puerta se abrió de golpe, dejando entrar una nube de incienso que probablemente era ilegal en varios países. En el centro de esa nube estaba Carlos, un cliente recurrente y amigo del estudio, que siempre parecía estar en otro planeta.

—¡Mis panas! —gritó Carlos, levantando los brazos como si fuera un profeta en pleno apocalipsis—. He vuelto. ¡Y traigo una idea que va a cambiar el curso de la humanidad!

Jun, que ya estaba a punto de perder la paciencia, murmuró:
—Dime que esta vez no quiere tatuarse un alien conduciendo un autobús escolar.

Carlos se tambaleó hasta el mostrador, donde Soraya lo miraba con una mezcla de fascinación y horror.
—Escucha, Soraya, querida amiga del alma, hoy quiero algo especial. Algo que me conecte con mi país, con mi gente, con el cosmos.

—¿Quieres decir Venezuela? —preguntó Soraya, arqueando una ceja.
—Exactamente. Pero no cualquier Venezuela. ¡Quiero la verdadera Venezuela, la que vive dentro de mi mente, donde los árboles son de arepas y los ríos de papel moneda que nadie quiere!

Jacobo, que estaba devorando un pastelito, interrumpió con una carcajada.
—Eso ya suena más organizado que la Venezuela real.

Carlos ignoró el comentario y se giró hacia Aldara con una mirada llena de fervor.
—Aldara, tú eres la indicada para esto. Necesito un tatuaje que grite revolución, caos y… ¿cómo se dice? Ah, sí, supervivencia extrema.

—¿Qué tienes en mente, Carlos? —preguntó Aldara con su tono calmado, aunque sus ojos ya estaban brillando con ideas.

Carlos se inclinó hacia ella como si estuviera a punto de compartir un secreto de estado.
—Quiero un tatuaje de un tucán, pero que en lugar de un pico tenga una tarjeta de racionamiento. Y que esté parado sobre un billete de 1,000 bolívares.

El estudio quedó en completo silencio. Finalmente, Soraya rompió el momento:
—¿Un tucán con tarjeta de racionamiento? Carlos, ¿qué te fumaste esta vez?

—No lo entenderías —respondió Carlos, tocándose las sienes como si estuviera canalizando energía cósmica—. Es una crítica al sistema, una metáfora de la lucha del venezolano promedio.

Jacobo, incapaz de contenerse, estalló en carcajadas.
—Eso no es una metáfora, eso es un meme en 4K.

Jun, resignado, se cruzó de brazos.
—Bueno, ¿quién lo va a hacer? Porque si me pides que tatúe un tucán surrealista, juro que cierro el estudio por hoy.

Aldara levantó la mano con una sonrisa.
—Yo lo haré. Esto suena como un reto interesante.

Carlos se tumbó en la camilla mientras Aldara preparaba sus herramientas. Jacobo se acercó con una botella de agua y una croqueta en la mano.
—¿Seguro que quieres esto, Carlos? Es un tatuaje para toda la vida, ¿sabes?

Carlos lo miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera viendo el tejido mismo del universo.
—Jacobo, la vida no es eterna, pero el arte… ¡el arte sí! Además, siempre puedo cubrirlo con un arequipe gigante si me arrepiento.

Aldara comenzó a trabajar en el diseño, mientras Carlos hablaba sin parar, como siempre.
—¿Sabes, Aldara? Esto no es solo un tatuaje. Esto es una declaración. Es como decir: “Aquí estoy, sobreviviendo con pasta seca y electricidad intermitente, pero aún soy libre. Bueno, más o menos. ¡Libertad relativa!”

Soraya, que observaba desde el fondo, murmuró a Jun:
—¿Te das cuenta de que Carlos podría dar una charla sobre delirio y todo el mundo aplaudiría?

Jun asintió.
—Y lo peor es que tendría razón.

Mientras Aldara tatuaba el tucán, Carlos continuó con su monólogo.
—El tucán es el símbolo de nuestra resistencia, ¿sabes? Un animal colorido, hermoso, pero atrapado en la selva del caos. Y la tarjeta de racionamiento… bueno, esa es obvia. Representa la lucha diaria por conseguir harina para las arepas.

—¿Y el billete? —preguntó Jacobo, masticando otro pastelito.
—¡Ah! El billete es el epítome de la ironía. ¿Sabías que con un billete de 1,000 bolívares no puedes comprar ni una mandarina? Es como decir: “Tienes dinero, pero no tienes nada”. ¡Es poesía visual!

Aldara, sin levantar la vista, comentó con su tono sereno:
—Carlos, si esto es poesía, entonces vivimos en una novela de terror.

Carlos soltó una carcajada.
—¡Exacto! Por eso esto es tan importante. Necesito llevar este mensaje en mi piel.

Después de casi dos horas, Aldara terminó su obra. Carlos se levantó y se dirigió al espejo con un aire solemne. El tatuaje era exactamente lo que había pedido: un tucán sobre un billete de 1,000 bolívares, con un pico en forma de tarjeta de racionamiento. Pero Aldara, fiel a su estilo, había añadido detalles que hacían el diseño aún más grotesco. Los ojos del tucán parecían llenos de desesperación, y el billete estaba en llamas, con pequeñas figuras gritando en el fondo.

Carlos se quedó en silencio por un momento. Luego, levantó los brazos y gritó:
—¡Es perfecto! Es… Venezuela en su máxima expresión. ¡Aldara, eres una genia!

Jun, desde el fondo, murmuró:
—Esto es lo más perturbador que he visto en mi vida. 

Soraya estalló en carcajadas.
—Carlos, eres el único que puede convertir un tucán en una crítica política. ¡Deberías cobrar por tus ideas!

Carlos sonrió, orgulloso de su nueva obra.
—Mis panas, el arte no se cobra. El arte… se vive. Ahora, si me disculpan, voy a mostrarle esto a mi dealer. Estoy seguro de que lo va a entender.

Y con eso, salió del estudio…sin pagar, dejando tras de sí una nube de incienso y un recuerdo imborrable. En Too Tattoo, Carlos no solo era un cliente: era un fenómeno, una prueba viviente de que el delirio y la genialidad a veces eran lo mismo.








Fandi y el Freehand

La mañana comenzó con un aire de expectación en Too Tattoo. Jun había estado organizando las agujas con un rigor militar, Soraya tarareaba una canción de metal mientras dibujaba un zombie con tutú, Jacobo ya estaba devorando una empanada como si fuera su desayuno número cinco, Aldara gestionaba sus citas como si no tuviese tiempo a tener vida y Lojo, con su apabullante presencia, se relajaba con un café.

—¿Por qué estáis tan callados? —preguntó Jun, frunciendo el ceño—. Esto no parece Too Tattoo.

—Es porque llega Fandi —respondió Soraya con una sonrisa que mezclaba admiración y temor—. ¿No te acuerdas la última vez? Hubo lágrimas, sangre y un tío que intentó abrazarlo después de un tatuaje.

—Ah, sí. El gigante encantador —murmuró Jun, recordando cómo aquel cliente traumatizado salió del estudio tatuado y humillado, pero extrañamente feliz—. ¿Qué nos tendrá preparado esta vez?

La puerta se abrió de golpe, como si un huracán hubiera llegado al estudio. Fandi entró. Medía casi dos metros, su barba era tan frondosa que parecía capaz de esconder pequeños animales, y su ceño fruncido podía intimidar a un ejército. Pero cuando sonrió, el brillo en sus ojos decía que era feliz… especialmente haciendo sufrir a los demás.

—¡Amiguis! —rugió con una voz profunda que resonó por todo el local—. Estoy de vuelta. ¡Y vengo con ideas nuevas para letterings que os harán llorar por el pito!

Jacobo, con restos de empanada en la barba, murmuró:
—¿Ideas nuevas? ¿Como aquella vez que convenció a un tipo de tatuarse Carpe Diem en Comic Sans?

Fandi lo escuchó y se giró hacia él lentamente, su sombra cubría todo el mostrador, como si la noche lo acompañase y la manejase a su antojo.
—Comic Sans es solo para principiantes, Jacobo. Hoy estoy inspirado.

—¿Inspirado para qué exactamente? —preguntó Jun, con la resignación de quien sabe que nada bueno saldrá de esto.

—¡Para hacer freehand! —respondió Fandi, levantando su rotulador gigante como si fuera la espada de un guerrero—. El cliente pide letras y yo las creo. Directamente en la piel. Sin plantillas. Sin arrepentimientos. Solo sufrimiento puro y bello. Soy el Dios de la tortura consentida, el señor del sufrimiento estético, el titán del trazado doloroso…

Soraya aplaudió lenta y sarcásticamente desde su rincón.
—Me encanta cómo lo vendes, Fandi. Es como una tortura medieval, pero con arte.


El primer cliente del día era un joven con más ego que sentido común. Llevaba gafas de sol dentro del estudio y una camiseta dos tallas más pequeña que lo que su dignidad requería.

—Quiero un lettering —anunció, quitándose las gafas lentamente—. Algo poderoso, que diga quién soy.

Fandi sonrió, lo que en su cara parecía una amenaza.
—¿Qué palabra quieres?

El chico se lo pensó, como si estuviera decidiendo el nombre de su hijo primogénito.
—Quiero que ponga “Resiliencia”.

Soraya murmuró por lo bajo:
—Siempre es resiliencia… ¿No hay nadie que quiera un “Panadería Manolo” alguna vez?

—Resiliencia —repitió Fandi, sacando su rotulador y mirándolo como un lobo a su presa—. ¿Sabes lo que significa, verdad?

—Claro. Es como… nunca rendirse —respondió el chico, algo menos seguro al ver la expresión del gigante.

—Muy bien. Pero esto no será fácil. La resiliencia hay que sentirla.

—¿Qué quiere decir? —preguntó, ya nervioso.

—Quiere decir que te vas a arrepentir de tu existencia durante la próxima hora —respondió Soraya, con una sonrisa angelical.

Fandi comenzó a dibujar directamente sobre la piel del chico con movimientos largos y precisos, como si fuera un monje iluminado escribiendo un códice sagrado.

—¿Cómo va? —preguntó el chico con la voz temblorosa.

—No mires todavía. La obra necesita tiempo.

Después de una hora de sufrimiento puro, el cliente finalmente pudo mirarse en el espejo. El resultado era… impactante.

La palabra “Resiliencia” ocupaba toda la parte superior del brazo, pero el diseño era tan elaborado que la “R” parecía el inicio de un libro de los Illuminati, con calaveras escondidas en las curvas. La “E” tenía una serpiente enroscada, y la “A” parecía un puñal atravesando un corazón sangrante.

—¿Esto es… resiliencia? —preguntó el cliente con lágrimas en los ojos.

—Claro —respondió Fandi, sonriendo con orgullo—. ¿No te parece resiliente soportar esto?

—Pero… pero… parece que he salido de una secta satánica —balbuceó el chico.

Jacobo, que observaba mientras comía una croqueta, comentó:
—Pues míralo por el lado positivo. Es original. Nadie más tendrá un brazo igual. Y sobre todo nadie te dirá nada malo… por miedo a que los asesines para hacer una ofrenda a Satán o algo por el estilo.

—Exacto —añadió el tatuador, golpeándole la espalda como si fuera su mejor amigo—. Esto no es un tatuaje. Es una experiencia. El arte no siempre debe ser entendido. Pero siempre debe doler un poquito.

El silencio en el estudio fue interrumpido por un sollozo ahogado del cliente, que miraba su brazo con la expresión de alguien que acababa de perder la fe en la humanidad.

—¿Duele? —preguntó Soraya, divertida.
—¡Por dentro más que por fuera! —respondió el chico, con lágrimas en los ojos.

Fandi, imperturbable, se cruzó de brazos y asintió solemnemente.
—Perfecto. Eso significa que el tatuaje ha llegado al alma.

Jun, incapaz de resistirse, intervino desde el fondo:
—Yo diría que ha llegado más a tu lista de arrepentimientos.

—¡No lo entiendes, Jun! —dijo Fandi, girándose con seriedad teatral—. El dolor es transitorio, pero el tatuaje… el tatuaje es para siempre. ¡Es un recordatorio de la resiliencia humana!

—O un recordatorio de no dejar que un barbudo con aires de dios nórdico te convenza de cosas raras —murmuró Jacobo, con la boca llena de galletas.

El chico, finalmente resignado a su destino, suspiró y sacó el móvil para hacerse un selfie.
—Supongo que al menos será único… —dijo, intentando encontrar el lado positivo.

Fandi, con un entusiasmo desbordante, le dio una palmada en la espalda que casi lo tumba.
—¡Exacto! Único, irrepetible y doloroso. Como el amor.

El chico, aún en shock, sacó el dinero y se marchó sin despedirse, caminando como si llevara encima el peso del mundo. Nuestro amigo lo miró salir con una sonrisa triunfal.
—Otro cliente satisfecho.

—¿Seguro? —preguntó Jun, riéndose

—¿Creéis que volverá? —preguntó Aldara, limpiando sus agujas.
—Solo si necesita terapia y se le olvida por qué vino la primera vez —respondió Soraya.

Fandi, orgulloso de su obra, recogió sus cosas y anunció:
—Amigos, mi trabajo aquí está hecho. Hoy, otro cliente ha aprendido el verdadero significado del arte.

Jun se pasó una mano por la cara, agotado, y murmuró:
—Y nosotros hemos aprendido que dejarte trabajar sin supervisión de un adulto responsable debería ser ilegal.

Fandi sonrió, acariciando su rotulador como si fuera una reliquia sagrada.
—Pero admitidlo, sin mí, esto no sería lo mismo.

Jacobo asintió desde el sofá, tragando su última galleta.
—Eso es verdad. Un caos así no se hace solo.

Y mientras el sol se ponía tras las ventanas del estudio, el equipo se quedó en silencio por un momento, disfrutando de la calma antes de que apareciera el próximo cliente… uno que, sin duda, también terminaría con una historia y un tatuaje de los que nadie entendería, pero que dolerían. Un poquito.









































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