miércoles, 29 de enero de 2025

Febrero 25

Diva del Tatuaje

Era una mañana soleada en Too Tattoo, y todo el equipo estaba ocupado como siempre. Jun limpiaba sus agujas con la precisión de un neurocirujano, Lojo afinaba sus herramientas con un estoicismo casi divino, Aldara organizaba sus tintas en un espectro de oscuridad que rivalizaba con su alma, y Jacobo… bueno, Jacobo estaba en su rincón, comiéndose un bocadillo de tortilla.

La puerta del estudio se abrió lentamente, dejando entrar un rayo de luz cegadora. En el umbral apareció Soraya, perfecta como siempre, con el pelo impecablemente recogido, un maquillaje de estrella de cine y una sonrisa deslumbrante que parecía sacada de una revista de moda.
—Buenos días, plebeyos —dijo, quitándose las gafas de sol con un gesto dramático.

—¿Plebeyos? —repitió Jun, sin levantar la vista—. ¿Te crees que esto es un desfile de Victoria’s Secret o qué?

—¿Celos, Jun? —respondió Soraya mientras se acomodaba en el mostrador como si fuera un trono—. Entiendo que mi carisma abrume a los mortales.

Jacobo, todavía masticando, murmuró:
—¡Joder! ¡Quiero ser como tú!

Mientras el equipo seguía con su rutina, Soraya sacó su móvil y exclamó:
—¡Atención! Tengo algo que contaros.

—¿Qué pasa ahora? 

—¡Me he hecho viral otra vez! —dijo, mostrando orgullosa la pantalla de su móvil. En el vídeo, ella posaba junto a un cliente, tatuando una frase sarcástica que decía: "Si tu ex te dejó, al menos que te deje un buen tatuaje."

Aldara levantó una ceja.
—¿De verdad? ¿Eso es lo que te hace famosa?

—¡Claro que sí! —respondió ofendida—. Mi encanto, mi estilo… todo es un paquete completo. Ahora tengo fans. Muchos fans.

—¿Fans? —repitió Jun, incrédulo—. ¿Qué clase de gente sigue a alguien porque tatúa memes?

—La gente con buen gusto, obviamente. — se acomodó el pelo mientras seguía revisando su móvil—. Mirad esto. ¡Me han pedido autógrafos!

Justo cuando Jun iba a responder con algo sarcástico, la puerta del estudio se abrió de golpe. Una multitud de fans irrumpió en el lugar, gritando como si estuvieran en un concierto de rock.
—¡Es Soraya! ¡La reina del tatuaje sarcástico!
—¡Por favor, una foto conmigo!
—¡Quiero tatuarme algo que diga ‘Soy fan de Soraya’!

Jacobo, tragándose el último bocado de su bocadillo, murmuró:
—¿Esto es real o me he quedado dormido en la trastienda otra vez?

Soraya, lejos de estar asustada, se puso de pie y levantó los brazos como una diva recibiendo su ovación.
—¡Gracias, gracias! Sabía que algún día mi talento sería reconocido.

—¿Tu talento o tu habilidad para crear caos? —preguntó Aldara, cruzándose de brazos.

Entre la multitud, un chico joven se acercó con los ojos llenos de admiración.
—Soraya, quiero que me tatúes tu firma en el pecho.

Jun, que estaba observando desde la esquina, explotó.
—¿Qué? ¡Esto es un estudio de tatuajes, no una feria!

—Tranquilo, Jun. Déjamelo a mí. —la tatuadora cogió su máquina con un dramatismo digno de una película de acción y comenzó a tatuar su firma en el pecho del chico mientras la multitud aplaudía.

—¿Estás disfrutando esto, verdad? —preguntó Lojo, observándola con una pequeña sonrisa.

—Obvio. —Soraya terminó el tatuaje y posó para una foto con el chico—. Esto es lo que significa ser una estrella.

Los fans no se detuvieron ahí.
—¡Yo quiero un tatuaje que diga ‘Soraya es Dios’!
—¡Tatuadme algo que me haga parecer tan guay como ella!

Jacobo, riéndose, comentó:
—Soraya, si sigues así, tendremos que poner una tarifa especial para tus “peregrinos”.

Aldara, que ya estaba perdiendo la paciencia, murmuró:
—O empezar a tatuar exorcismos. 

Jun finalmente explotó.
—¡Se acabó! ¡Fuera de aquí! ¡Esto no es un club de fans!

Pero Soraya, siempre en control, se giró hacia la multitud.
—Chicos, tranquilos. Volved mañana. Prometo subir más contenido y quizás… ¡un sorteo!

La multitud comenzó a dispersarse, dejando el estudio en un estado de silencio incómodo.

Cuando la puerta finalmente se cerró, todos se giraron hacia Soraya.
—¿Qué coño ha sido eso? 

—Marketing, querido Jun. Marketing. —respondio mientras se retocaba el maquillaje con un pequeño espejo de mano.

Jacobo, todavía riendo, añadió:
—Pues yo creo que deberíamos aprovecharlo. Podríamos poner un cartel en la puerta: “Tatúate como Soraya, vive como Soraya.”

Lojo, que había permanecido en silencio hasta entonces, levantó la vista con una sonrisa calculadora.
—¿Sabes qué, Soraya? Si el caos ya está aquí, más vale que lo aproveches.

—¿Qué estás sugiriendo, Lojo? —preguntó Jun, frunciendo el ceño.

Lojo se puso de pie y miró a Soraya con una mezcla de respeto y diversión.
—Voy a ayudarte a convertirte en lo que ya eres: una auténtica diosa del tatuaje.

Soraya, que nunca dejaba pasar una oportunidad para brillar, le siguió el juego de inmediato.
—¿Diosa? Por favor, ya lo soy. Solo falta que vosotros, humildes mortales, lo admitáis.

Lojo comenzó a improvisar.
—Aldara, trae una sábana blanca. Jacobo, busca algo que brille. Jun… solo quédate en tu rincón oscuro, que tu cara ya asusta lo suficiente.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó Aldara, aunque su curiosidad le impedía apartar la vista.

En menos de diez minutos, Lojo había transformado a Soraya en una figura de culto: envuelta en una sábana como si fuera una toga romana, con un aro metálico que Jacobo había encontrado y convertido en una especie de corona improvisada. Incluso colocaron un ventilador para que su pelo ondeara como si estuviera en un videoclip.

La nueva Diosa se subió a la mesa del estudio, levantando los brazos como una diva celestial.
—¡Arrodillaos ante mí, simples mortales! Soy Soraya, la Diosa del Tatuaje, la emperatriz de la tinta y la reina de los memes virales.

—¡Ay, por favor! —gruñó Jun, aunque su risa traicionó su intento de parecer serio—. Esto es lo más idiota que he visto en mi vida.

Jacobo, que no podía contenerse, se arrodilló fingiendo devoción.
—¡Oh, gran Soraya, ilumínanos con tu sabiduría de hashtags y likes!

Soraya se llevó una mano al corazón, fingiendo estar profundamente conmovida.
—Por supuesto, querido seguidor. La primera lección: si subes un meme, asegúrate de no ser pobre. La viralidad no paga cuentas, pero al menos te da algo de fama.

Aldara soltó una carcajada seca.
—Eso explica por qué en lugar de clientes tenemos una procesión de selfies afuera.

—Exactamente, Aldara. Pero a diferencia de ti, yo uso mi poder para el bien. Y para el drama, obviamente —respondió Soraya, lanzándole un guiño.

Lojo, disfrutando de su obra maestra, añadió:
—Ahora que tenemos a nuestra diosa, deberíamos hacer un cartel oficial: “Too Tattoo: Tinta bendecida por la divina Soraya”.

—¿Bendecida? Más bien maldecida —gruñó Jun, aunque ya estaba tomando fotos de la escena.

Los fans, que aún rondaban fuera del estudio, vieron a Soraya a través de la ventana y comenzaron a gritar nuevamente. Soraya, encantada, alzó los brazos y gritó:
—¡Silencio, mis fieles! Solo los dignos podrán entrar en mi templo. ¿Estáis listos para sufrir por el arte?

La multitud enloqueció, y alguien incluso gritó:
—¡Tatuadme “Soraya es mi guía”!

Jacobo estalló en carcajadas.
—Creo que estás a un paso de fundar una secta.

La Diosa bajó de la mesa con elegancia y se giró hacia el equipo con su sonrisa deslumbrante.
—No lo llaméis secta. Lo llamaremos… el culto a la tinta perfecta.

Lojo asintió, divertido.
—Tiene potencial. Podríamos cobrar entrada.

Jun negó con la cabeza, aunque no podía evitar sonreír.
—Este estudio está lleno de locos. Y tú eres la reina.

Soraya, radiante, levantó la barbilla con orgullo.
—Siempre lo he sido. Solo necesitaba un trono… y unos seguidores dispuestos a hacerme memes.

Y así terminó otro día en Too Tattoo, con Soraya demostrando que no solo era buena en su trabajo, sino que también sabía cómo convertir cualquier situación en un espectáculo. Porque, al final, si ibas a ser una tatuadora, ¿por qué no ser una diosa del tatuaje mientras lo hacías?







El Karma y la Tinta

Era una mañana aparentemente normal en Too Tattoo, con Jun ya maldiciendo y Jacobo disfrutando de su primera empanada del día. Pero todos sabían que no sería un día cualquiera. Era el día en que Alma, la novia de Jun, volvía al estudio para hacerse un tatuaje.

Cuando Alma entró, el ambiente cambió de inmediato. Vestía un vestido vaporoso, su cabello parecía flotar por arte de magia, y el aire de incienso que la precedía llenó el estudio. Todos la conocían bien. Tal vez demasiado bien.

—Buenos días, almas de luz —dijo con su habitual sonrisa de paz interior, saludando con las manos juntas como si estuviera impartiendo una bendición.

—Alma, ¿otra vez con incienso? —dijo Jacobo, fingiendo toser y escupiendo trocitos de la empanada—. Yo prefiero el olor a tinta y desinfectante, gracias.

—Es para purificar el ambiente —respondió Alma con serenidad—. Nunca está de más equilibrar las energías.

—¿Equilibrar las energías? —replicó Soraya, levantando una ceja—. Aquí lo único que está desequilibrado es Jun cuando le pides que se una a tus meditaciones.

Jun, sentado en su rincón, murmuró algo ininteligible mientras limpiaba una máquina de tatuar con más fuerza de la necesaria.
—Yo no medito. Solo cierro los ojos para no llorar.

—Bueno, ¿quién me va a tatuar hoy? —preguntó Alma, mirando a todos con expectación.

—Aldara —respondió Soraya de inmediato, mientras levantaba las manos—. Yo no quiero arriesgarme a desequilibrar tu karma.

Aldara, acostumbrada a todo tipo de clientes, se limitó a asentir.
—Muy bien, Alma. ¿Qué quieres hacerte esta vez?

—Una geometría sagrada en la espalda —dijo Alma, sentándose en la camilla con una postura tan perfecta que parecía un anuncio de yoga—. Algo que conecte mi energía con el universo y que represente mi viaje espiritual.

Jacobo soltó una carcajada desde el sofá.
—¿Viaje espiritual? Alma, por favor, que Jun lleva meses diciendo que tu viaje espiritual incluye perderte dos veces al mes y olvidarte las llaves en casa.

—Eso es parte del aprendizaje, Jacobo —respondió Alma, imperturbable—. Todo sucede por una razón.

—Sí, y esa razón es que Jun está siempre en la puerta esperando con cara de idiota —añadió Soraya, estallando en carcajadas.

Jun resopló, pero no dijo nada. Sabía que intentar defenderse solo empeoraría la situación.

Aldara comenzó a tatuar con su precisión habitual, mientras Alma cerraba los ojos y empezaba a respirar profundamente.
—Oooooommmmm…

—¿Otra vez con eso? —preguntó Jacobo, mirando a Lojo—. ¿No parece que está cargando batería?

Lojo sonrió elegantemente, sin levantar la vista de su café.
—Es su manera de concentrarse. Aunque debo admitir que me preocupa que se quede sin señal.

—El dolor es liberador —dijo Alma de repente, interrumpiendo las risas—. Cada pinchazo me conecta con el ahora.

—Yo diría que cada pinchazo te conecta con las ganas de gritar —murmuró Aldara, mientras seguía tatuando.

—Eso es porque no entiendes el verdadero significado del dolor —respondió Alma, con los ojos cerrados—. Es una forma de purificación.

Soraya se inclinó hacia Jun, susurrando:
—¿Por qué no purifica la zona de dibujo cuando viene? Eso sí que necesita una limpieza de karma.

Jun le lanzó una mirada de advertencia, pero Soraya solo se rió más fuerte.

Después de casi cuatro horas, Aldara terminó el tatuaje.
—Listo. Ve a mirarte al espejo y dime qué piensas.

Alma se levantó con gracia y se dirigió al espejo. En su espalda, Aldara había dibujado una geometría sagrada tan intrincada que parecía un mapa para invocar dioses antiguos. Alma se quedó en silencio por un momento, luego sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Es perfecto —susurró—. Puedo sentir cómo mi energía fluye mejor.

—Eso o necesitas agua, porque estás sudando como loca —comentó Jacobo, cruzando los brazos.

—Es mi cuerpo ajustándose a las nuevas vibraciones —respondió Alma con serenidad.

—Pues que las nuevas vibraciones limpien el suelo cuando te vayas —añadió Soraya, sin poder evitarlo.

Antes de marcharse, Alma sacó un pequeño frasco de aceite esencial y comenzó a rociar el aire.
—Esto purificará el estudio. Gracias por ser parte de mi viaje.

—Si me mojas el mostrador, te purifico yo con lejía —advirtió Jun.

Alma sonrió, le dio un beso en la mejilla y salió del estudio, irradiando paz y dejando tras de sí un rastro de incienso que tardaría horas en disiparse.

Cuando se cerró la puerta, Jacobo fue el primero en hablar.
—¿Cómo sobrevives, Jun?

Jun suspiró y miró a todos.
—Con mucho café. Y un poquito de resignación.

—Y amor, ¿no? —preguntó Soraya, burlona.

—Claro, eso también —respondió Jun, aunque el tono de su voz indicaba lo contrario.

Y así, otro día surrealista en Too Tattoo llegaba a su fin, con Alma demostrando que incluso en un mundo de tinta y agujas, siempre hay espacio para un poco de incienso, paz… y humor.





Jacobo y el asalto al Súper

Era una mañana soleada en el barrio, el tipo de día que prometía tranquilidad. Pero para Jacobo, la calma no era una opción. Su nevera estaba vacía y, lo más alarmante, no quedaban croquetas. La vida no podía continuar así.

—Hoy toca comprar. Que alguien se ocupe de salvar el estudio mientras yo salvo mi estómago —anunció mientras se levantaba del sofá de Too Tattoo, todavía masticando un trozo de pan con tomate que había rescatado de la cocina.

—¿Otra vez croquetas? —preguntó Jun, mirándolo desde la esquina donde preparaba sus agujas.

—Siempre croquetas. Son la base de la pirámide alimenticia —respondió, como si fuera un hecho indiscutible.

Soraya, que estaba dibujando, levantó la vista y le lanzó una sonrisa burlona.
—¿Y vas tú solo? No creo que sobrevivas al súper sin liarla.

—No necesito compañía. Esto es una misión de élite.

Aldara, sin levantar la vista de sus tintas, murmuró:
—Ojalá grabaras tus aventuras. Sería más entretenido que un reality.

Jacobo ignoró los comentarios, se puso su chaqueta y salió con la determinación de un guerrero rumbo al campo de batalla.

El supermercado estaba más abarrotado de lo habitual. Carritos llenos chocaban entre sí, niños corrían gritando como si estuvieran en un parque de atracciones, y un hombre con gafas de sol discutía con una cajera sobre un cupón caducado.

Jacobo se detuvo en la entrada, evaluando la situación.
—Vale, vamos a organizar esto —murmuró para sí mismo.

Primero agarró un carrito y se dirigió a la sección de congelados. Allí estaban: las croquetas de jamón. Pero algo no estaba bien. Solo quedaban diez paquetes.

—Esto es un complot —dijo en voz alta, atrayendo la mirada de una señora mayor que también había puesto sus ojos en las croquetas.

La señora lo miró con una sonrisa dulce.
—Joven, ¿le importaría si me llevo uno?

Dividido entre su amor por las croquetas y su humanidad, suspiró.
—Está bien, señora. Llévese uno. Pero solo porque yo soy un hombre generoso.

La mujer le dio una palmada en el brazo y se marchó, dejando a Jacobo con un paquete de croquetas menos y una sensación de victoria agridulce.

Con las croquetas aseguradas, Jacobo se dirigió a la sección de quesos, otro pilar fundamental de su dieta. Allí encontró a un hombre trajeado que examinaba una bola de queso como si estuviera inspeccionando una obra de arte.

—¿Va a llevarse ese? —preguntó Jacobo con paciencia.

El hombre lo miró por encima del hombro.
—Estoy decidiendo.

Jacobo se cruzó de brazos, intentando mantener la calma.
—Bueno, decida rápido. Es queso, no un Picasso.

El hombre bufó y dejó el queso en el estante. Jacobo lo agarró rápidamente y lo puso en su carrito.
—Gracias por su colaboración —dijo, avanzando hacia la siguiente sección.

Cuando llegó a la sección de lácteos, Jacobo notó que el estante de su leche favorita estaba vacío. Se giró hacia un empleado que pasaba por allí con un carrito lleno de cajas.
—Oye, campeón, ¿tienes más leche de esta? —preguntó, señalando el estante vacío.

El empleado, un adolescente con auriculares, lo miró como si acabara de pedirle que resolviera una ecuación matemática.
—No sé, tío. Lo que ves es lo que hay.

Jacobo apretó los dientes.
—¿Y qué haces con todas esas cajas? ¿Te las llevas de vacaciones?

El chico se encogió de hombros y siguió su camino, dejando a Jacobo hablando solo.
—Perfecto. Ahora ni leche ni paciencia.

Jacobo continuó su aventura, esquivando carritos y sorteando obstáculos como un auténtico ninja. En el pasillo de los aperitivos, casi se lleva por delante a un niño pequeño que estaba tirado en el suelo, gritando porque quería patatas fritas.

—¿Dónde están los padres de esta criatura? —murmuró, mirando alrededor. Finalmente vio a una mujer distraída con su móvil.

Cuando intentó pasar, el niño le lanzó una bolsa de patatas al carrito.
—¿Es en serio? —preguntó Jacobo, mirando al pequeño demonio.

El niño rió como si fuera un villano de dibujos animados. Jacobo suspiró y empujó su carrito con más fuerza, esquivándolo.
—Esto es peor que el Black Friday.

Finalmente, Jacobo llegó a la sección de galletas. Allí encontró una oferta que lo hizo sonreír como un niño en Navidad: "2x1 en galletas rellenas de chocolate".

—Al menos algo bueno tenía que pasar hoy —murmuró, llenando su carrito con los paquetes.

Mientras lo hacía, notó que una mujer lo miraba con desaprobación.
—¿Va a llevarse todos? —preguntó ella, con las manos en las caderas.

—Sí, señora. Esto es supervivencia, no caridad —respondió Jacobo, sin mirarla.

La mujer bufó y se marchó, dejando a Jacobo triunfante.
—Si no puedo tener leche, al menos tendré chocolate.

Con su carrito lleno, Jacobo se dirigió hacia las cajas, listo para enfrentarse al último reto: las interminables colas. Pero lo que encontró allí era peor de lo que esperaba… solo dos cajas abiertas y una fila que parecía el éxodo bíblico.

—Esto no puede ser real —dijo en voz alta, atrayendo miradas curiosas.

Un empleado se le acercó.
—Puede usar la caja rápida si tiene menos de 10 productos.

Jacobo miró su carrito, que contenía exactamente 46 productos.
—¿Los paquetes de croquetas cuentan como uno? —preguntó, con la esperanza de que el universo estuviera de su lado.

—No, señor —respondió el empleado, sin inmutarse.

Jacobo suspiró, resignado, y se colocó en la fila larga, listo para enfrentarse al siguiente capítulo de su épica odisea.

Mientras esperaba en la interminable fila, Jacobo intentaba no perder la paciencia. Delante de él, una señora sacaba monedas de un monedero diminuto con la precisión de un arqueólogo desenterrando un fósil.

—¿Puede pagar con billetes? —preguntó Jacobo, tratando de mantener la calma.

—Joven, estas monedas son igual de válidas —respondió la señora sin girarse, mientras seguía contando céntimo a céntimo.

—Sí, pero no son igual de rápidas —murmuró, recibiendo una mirada de reproche de otro cliente.

Justo detrás de Jacobo, el pequeño demonio del pasillo de aperitivos apareció de nuevo. Esta vez estaba armado con un paquete de chicles y una mirada desafiante.

—¿Otra vez tú? —preguntó Jacobo, girándose para enfrentarlo.

El niño comenzó a empujar su carrito hacia adelante con pequeños golpes.
—¡Para ya, enano! —dijo Jacobo, mirándolo con incredulidad.

El niño sonrió y le lanzó un chicle.
—¡Es gratis!

—¿Gratis? Esto es un soborno o un intento de asesinato —murmuró Jacobo, mientras se giraba hacia la madre del niño, que seguía absorta en su móvil.

Finalmente, con un movimiento digno de un maestro de la paciencia, Jacobo empujó su carrito hacia atrás, atrapando al niño entre dos carritos.
—¿Quién ríe ahora, pequeño dictador? —susurró, disfrutando brevemente de su victoria.

El niño gritó y corrió hacia su madre, que finalmente levantó la vista.
—¿Qué pasó? —preguntó la mujer, mirando a Jacobo con sospecha.

—Justicia, señora. Eso pasó —respondió Jacobo, mientras se giraba con aire triunfal.

Finalmente llegó su turno en la caja. Cuando llegó el momento de empaquetar sus compras, se dio cuenta de que había olvidado llevar bolsas.
—¿Quieres comprar una bolsa? —preguntó el cajero, señalando las de plástico reciclable.

—Claro, dame dos. Y apúntalas a mi cuenta emocional, porque esto ya está siendo un día largo —respondió, mientras intentaba meter todo en las bolsas sin aplastar las croquetas.

Mientras empaquetaba, el cliente detrás de él le lanzó un comentario:

—¿Sabías que el plástico es lo peor para el medio ambiente?

Jacobo lo miró, agotado.

—Y tú eres lo peor para mi paciencia.

Finalmente, con las bolsas en mano, salió del supermercado, dejando atrás el caos y a los clientes molestos. En la puerta, un empleado lo detuvo.

—¿Todo bien, señor?

—Sobreviví. Eso es lo único que importa.

De camino a casa, se cruzó con un grupo de adolescentes que hablaban en voz alta sobre redes sociales y tendencias. Uno de ellos mencionó algo sobre "alimentos keto", y Jacobo se detuvo.

—¿Sabéis qué es keto? —dijo, levantando una de sus bolsas—. Las croquetas. Aprended algo útil.

Los adolescentes lo miraron con confusión, y Jacobo continuó su camino, satisfecho con su pequeño momento de sabiduría.

Cuando llegó a Too Tattoo, el equipo lo recibió con miradas expectantes.

—¿Y? ¿Sobreviviste? —preguntó Soraya, mientras se inclinaba contra el mostrador.

—Por supuesto. Soy un guerrero del súper —respondió, dejando las bolsas en la mesa.

Jun revisó las compras y frunció el ceño.

—¿Solo croquetas y queso? ¿Qué vas a hacer con eso?

Jacobo lo miró con seriedad.

—Vivir, Jun. Voy a vivir.

Aldara, desde su rincón, murmuró:

—Espero que la próxima vez grabes todo. Esto sería oro en redes sociales.

Jacobo sonrió y se sentó, sacando un paquete de croquetas para el almuerzo.

—El mundo no está listo para mis aventuras.

Y así, otro día surrealista en el barrio llegaba a su fin, con Jacobo demostrando que incluso las tareas más simples podían convertirse en una auténtica epopeya… si había croquetas de por medio.








Jun y el Tribal Perdido


Era una mañana tranquila en Too Tattoo, con el aire cargado del aroma de desinfectante y tinta fresca. Jun estaba en su rincón, organizando sus herramientas con la precisión de un cirujano y la paciencia de alguien que había maldecido a media ciudad antes del desayuno.

Lojo, impecablemente vestido, se ajustaba las gafas mientras revisaba su agenda del día. Aldara preparaba tintas en silencio, como si cada frasco contuviera una pieza de su alma. Jacobo, como siempre, masticaba una empanada y Soraya revisaba su Instagram, soltando risas sarcásticas cada pocos segundos.

La puerta del estudio se abrió de golpe, dejando entrar a un hombre musculoso con una camiseta ajustada, un par de tallas más pequeña de lo que necesitaba y un tatuaje en el brazo que parecía más una mancha de café que un diseño.

—¡Hola, artistas! Necesito que me salvéis —anunció con una sonrisa desbordante de confianza.

Jun levantó la vista lentamente, como un depredador que acaba de identificar a su presa.

—¿Salvarte de qué? ¿De tus decisiones de vida o de tu gusto pésimo?

El hombre, que no captó el sarcasmo, se rascó la cabeza.

—Bueno, es mi tribal. Lo hice hace años y ahora parece… no sé, como un dibujo que hizo mi sobrino con rotuladores.

Soraya dejó el móvil a un lado, divertida.

—¿Y quieres que Jun te lo "restaure"? ¿Sabes que odia los tribales más que Jacobo odia compartir comida?

—¡Ey! —protestó Jacobo, con la boca llena—. Eso es mentira. Bueno… casi.

El hombre, ignorando los comentarios, se giró hacia Jun con ojos suplicantes.

—Por favor, este tatuaje es importante para mí. Necesito que vuelva a lucir como antes… o mejor.

Jun cruzó los brazos, evaluándolo como si estuviera decidiendo si valía la pena el esfuerzo.

—Dame una razón para no echarte por la puerta ahora mismo.

El cliente sonrió nerviosamente.

—Te pagaré extra.

—Muy bien, siéntate —dijo Jun, señalando la camilla—. Pero te advierto, lo que voy a hacer no será un tribal. Va a ser algo digno.

Cuando el hombre se quitó la camiseta, el estudio entero contuvo la respiración. En su espalda había un tribal tan mal hecho que parecía haber sido tatuado durante un terremoto.

—¿Esto es un tribal o un test de Rorschach? —preguntó Soraya, soltando una carcajada.

—Definitivamente veo un dragón… o un perro con problemas de autoestima —añadió Jacobo, mientras masticaba.

Lojo, siempre elegante, se inclinó para observar más de cerca.

—Diría que es más bien una tragedia griega plasmada en tinta.

Aldara, en su rincón, comentó sin levantar la vista:

—Eso no es un tatuaje. Eso es karma.

Jun respiró hondo, cerró los ojos un momento y luego se giró hacia el cliente.

—¿Quién te hizo esto? ¿Un mono borracho?

—Fue un amigo… —comenzó el cliente, pero Jun lo interrumpió.

—Claro, un amigo. Porque nada dice “amistad” como arruinarte la piel de por vida.

Jun comenzó a trabajar en un nuevo diseño, uniendo lo que quedaba del tribal con un dragón japonés envuelto en flores de cerezo.

—Voy a convertir esto en algo que no dé vergüenza. Pero va a doler.

—¿Mucho? —preguntó el cliente, nervioso.

—Como una resaca de tequila, pero en tu espalda —respondió Jun, mientras preparaba la máquina de tatuar.

El resto del equipo observaba desde sus rincones, lanzando comentarios ocasionales:

—¿Cuánto crees que tardará en arrepentirse? —preguntó Soraya.

—A la tercera línea —respondió Jacobo, con seguridad.

Lojo, con su calma habitual, añadió:

—Jun siempre encuentra la manera de arreglar lo imposible. Aunque a veces eso incluye traumar al cliente.

A medida que Jun avanzaba, el cliente empezó a sudar y a gemir como si estuviera en un exorcismo.

—Esto duele más de lo que pensaba… —dijo entre jadeos.

—Es el precio de la dignidad —respondió Jun sin levantar la vista—. Y créeme, la necesitas.

Jacobo se acercó con una croqueta en la mano.

—¿Quieres un mordisco? Quizás te distraiga del dolor.

El cliente intentó reír, pero soltó un grito cuando la aguja tocó la superficie de su piel de nuevo.

—¡Dios mío, esto es una tortura!


—Es justicia —dijo Aldara desde su rincón—. Tu tatuaje original era un crimen.


Después de horas de trabajo, Jun finalmente terminó. Se quitó los guantes y dio un paso atrás para admirar su obra.

—Listo. Ahora puedes mirarte en el espejo.

El cliente se levantó con dificultad y caminó hacia el espejo. Cuando vio su espalda, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Es… increíble. No parece ni remotamente lo que tenía antes.

—Exacto —respondió Jun, con los brazos cruzados—. Porque ahora ya no es basura.

Soraya se acercó, fingiendo admiración.

—Jun, deberías tatuarte en la frente: “Milagros bajo presupuesto.”

—No sería un milagro si cobraras más —añadió Jacobo, riendo.

Lojo, con su impecable estilo, asintió.

—Definitivamente has salvado su espalda. Pero no su dignidad. Eso murió con el tribal original.

El cliente, aunque algo avergonzado por los comentarios, salió del estudio agradecido y prometió recomendarlos.

Cuando la puerta se cerró, Jun se dejó caer en una silla, exhausto.

—Si vuelvo a ver otro tribal en mi vida, será demasiado pronto.

—¿Y si alguien quiere uno bien hecho? —preguntó Aldara.

—Que se busque otro estudio —respondió Jun, cerrando los ojos.

Y así, otro día surrealista en Too Tattoo llegaba a su fin, con Jun demostrando que incluso el peor de los tribales podía convertirse en algo elegante… si tenías la paciencia suficiente para soportar a los idiotas que los traían.





La Influencer


Era un día aparentemente tranquilo en Too Tattoo, al menos hasta que la puerta se abrió y una mujer entró con pasos firmes, como si estuviera caminando por una pasarela en la Semana de la Moda de París. Llevaba un vestido ajustado, gafas de sol demasiado grandes para el interior, y un móvil en la mano con el que retransmitía en vivo.

—¡Hola, mis seguidores maravillosos! —exclamó, ignorando completamente al equipo mientras apuntaba su móvil al interior del estudio—. Estoy aquí en el mejor estudio de tatuajes de la ciudad. ¡Prepárense para ver arte en mi piel!

Jun, que estaba ajustando sus máquinas, levantó la vista y frunció el ceño.

—¿Qué cojones es eso? ¿Un reality show?

Jacobo, con una croqueta a medio morder, murmuró:

—Espero que no. No tengo maquillaje para estas cosas.

—¿Quién es ella? —preguntó Soraya, alzando una ceja mientras revisaba su móvil.

Lojo, siempre elegante, se inclinó ligeramente hacia Aldara, quien ya estaba preparando su estación.

—Creo que es tu cliente, Aldara.

—Genial… —respondió Aldara con su tono característicamente seco.

La mujer se acercó a la camilla donde Aldara estaba organizando tintas y agujas, ignorando completamente las miradas de los demás.

—Hola, soy Paula Estrella, pero puedes llamarme “la futura portada de Vogue”.

—Hola, Paula —respondió Aldara sin apartar la vista de su mesa—. ¿Qué te vas a tatuar?

—Quiero algo que grite “glamour” y “soy mejor que tú”. Un diseño ornamental en el pecho. Grande, llamativo, y que combine con mis outfits.

Jacobo, que estaba escuchando desde la trastienda, asomó la cabeza.

—¿Quieres que combine con tus outfits? ¿Qué pasa si cambias de estilo? ¿Te quitas la piel del pecho?

Paula lo ignoró con un gesto de la mano y se dirigió nuevamente a Aldara.

—Pero tiene que ser perfecto. ¿Sabes quién soy? Tengo más de 500,000 seguidores en Instagram.

—Pues qué suerte para ellos, porque no tienen que aguantarte en persona —respondió Aldara con una sonrisa sarcástica, mientras encendía la máquina de tatuar.

Soraya soltó una risa ahogada desde el fondo, mientras Jun murmuraba algo sobre “el fin de la humanidad”.

Paula se tumbó en la camilla, acomodándose como si estuviera posando para una sesión de fotos.

—¿Puedo grabar esto? Mis seguidores querrán verlo en vivo.

—No —respondió Aldara con firmeza—. Aquí no grabamos.

—¿Pero por qué no? Esto sería publicidad para vosotros. ¡Mis seguidores lo amarían!

Aldara se inclinó hacia ella con la misma expresión con la que un gato mira a un ratón antes de atacar.

—Porque prefiero que piensen que tus tatuajes los hizo otra persona.

Paula abrió la boca para responder, pero se quedó callada, aparentemente confundida.

A medida que Aldara trabajaba, Paula comenzó a hablar… y no paró.

—Este diseño tiene que ser icónico. Algo que diga: “Mírame, soy la reina de todo esto”. ¿Sabes? Como Beyoncé, pero más yo.

—Más tú… —murmuró Aldara, mientras trazaba líneas con precisión quirúrgica—. ¿Quieres que le ponga un espejo para que te refleje?

Soraya, que estaba dibujando en su rincón, soltó una carcajada.

—Dios, Aldara, con esos comentarios deberías cobrar doble.

Paula, sin captar el sarcasmo, siguió hablando.

—Y cuando lo suba a Instagram, seguro que llego al millón de seguidores. ¡Es que mi vida es tan emocionante!

Jacobo, que estaba pasando por detrás con otra croqueta, comentó:

—Sí, emocionantísima. Todo el mundo sueña con tatuarse para presumir.

Paula, finalmente, empezó a notar la falta de entusiasmo en el ambiente.

—¿Qué os pasa? Deberíais estar emocionados de tatuar a alguien como yo.

Aldara, sin detener la máquina, respondió:

—Estoy emocionada, pero lo disimulo muy bien.

Después de dos horas, Aldara terminó.

—Listo. Puedes mirarte en el espejo.

Paula se levantó y caminó hacia el espejo, moviéndose con la gracia de una modelo. Cuando vio el tatuaje, se quedó en silencio por un momento. La geometría ornamental en su pecho era perfecta: intrincada, simétrica y completamente deslumbrante.

—¡Es increíble! —exclamó, tocándose ligeramente la piel—. Este tatuaje es arte puro. Mis seguidores van a enloquecer.

—Genial. Pero si vas a subirlo, etiqueta al estudio. No a Beyoncé —respondió Aldara, mientras limpiaba sus herramientas.

—Claro, claro… aunque tal vez ponga un filtro. ¿Sabes? Para que resalte más.

Aldara se detuvo y la miró directamente a los ojos.

—Si le pones un filtro, prometo que voy a borrarte el tattoo personalmente.

Cuando Paula finalmente salió del estudio, aún hablando con su móvil sobre lo "glorioso" que era su nuevo tatuaje, el silencio volvió a llenar el lugar.

—Bueno, eso fue agotador —dijo Aldara, sentándose con un suspiro.

—Y yo que pensaba que Jun tenía los peores clientes —comentó Soraya, mientras volvía a su diseño.

Lojo, siempre sereno, se inclinó hacia Aldara.

—Al menos sabes que tu trabajo será visto por miles. Aunque probablemente lo arruine con un filtro sepia.

Jacobo, masticando su tercera empanadilla del día, añadió:

—Yo le daba un millón de likes al tatuaje, pero cero a la influencer.

Jun, desde su rincón, concluyó con una sentencia final:

—Esto es lo que pasa cuando los egos son más grandes que los tatuajes.

Y así, otro día lleno llegaba a su fin en Too Tattoo, con Aldara reafirmando que, aunque el arte puede ser eterno, el sentido común en algunos clientes es algo que no se puede tatuar.





 Lemniscata 


Era un día tranquilo en Too Tattoo, y como siempre, la calma era solo la antesala del caos. Jun limpiaba su material con su expresión habitual de enfado, Aldara organizaba sus tintas negras como si estuviera preparando un ritual oscuro, Soraya revisaba memes en Instagram, y Jacobo... bueno, Jacobo comía croquetas mientras trataba de convencer a todos de que eran un alimento balanceado.

De repente, la puerta se abrió y entró una mujer joven con una actitud decidida. Llevaba un cuaderno en una mano y un café gigante en la otra.

—Hola, necesito un tatuaje. Algo que represente mi vida entera.

Jun alzó la vista con cansancio.

—¿Qué quieres? ¿Un tribal con fecha de caducidad?

—No, quiero una lemniscata —respondió la mujer con un aire de superioridad.

El estudio quedó en silencio. Todos intercambiaron miradas.

—¿Una qué? —preguntó Jacobo, con un trozo de croqueta colgándole del labio.

—Una lemniscata —repitió la mujer, como si fuera lo más obvio del mundo.

—¿Eso es una flor? —preguntó Soraya, ladeando la cabeza.

—¿Un símbolo químico? —aventuró Aldara.

Jun, siempre directo, murmuró:

—¿Un insulto en latín? Porque si lo es, me lo tatuo yo.

La mujer suspiró con exasperación.

—¡Una lemniscata! Es el símbolo del infinito, pero con un toque más elegante.

Jacobo se encogió de hombros.

—Ah, el infinito. Lo podías haber dicho antes. Aquí la gente no habla en clave, campeona.

Pero antes de que alguien más pudiera añadir algo, Lojo se levantó de su silla, impecablemente vestido y con la elegancia de un dios griego. Se acercó con calma y una ligera sonrisa.

—Una lemniscata no es solo el símbolo del infinito —explicó con su voz tranquila y profunda—. Es un bucle continuo, una representación de la eternidad, el equilibrio perfecto entre lo finito y lo eterno.

Todos en el estudio lo miraron como si acabara de recitar poesía. Incluso la clienta parecía impresionada.

—Exactamente. Eso es lo que quiero. Algo que represente mi alma eterna —dijo, girándose hacia Lojo.

Soraya soltó una risita.

—¿Alma eterna? Cariño, seguro que en unos años te arrepientes como todos los demás.

—Bueno, si se arrepiente, el láser no es eterno —comentó Jun.

Jacobo se cruzó de brazos.

—¿Por qué todo el mundo quiere tatuajes del infinito? Si la vida fuera infinita, nadie querría trabajar.

—O nadie querría comer croquetas contigo —añadió Soraya, sin perder la oportunidad.

Jacobo fingió ignorarla, mientras Lojo, siempre el profesional, se acomodaba para comenzar su trabajo.

Lojo preparó sus herramientas mientras la clienta se tumbaba en la camilla.

—Voy a diseñar algo único. Será una lemniscata, pero con tu esencia —dijo con calma.

—¿Eso incluye errores? —preguntó Jacobo desde el fondo, riendo para sí mismo.

—Si haces un chiste más, te tatuo un plato vacío en la frente —respondió Lojo sin perder su compostura.

Mientras trabajaba en el diseño, los demás observaban con curiosidad. Lojo dibujaba con precisión absoluta, añadiendo detalles delicados que transformaban el simple símbolo del infinito en una obra de arte intrincada.

Soraya se inclinó hacia Jun y susurró:

—Es como ver a Da Vinci tatuando a una influencer.

—Si fuera Da Vinci, ya habría mandado callar a todo el mundo —murmuró Jun, aunque no podía evitar admirar el trabajo de Lojo.

Cuando Lojo comenzó a tatuar, el estudio quedó en silencio. La máquina zumbaba suavemente mientras él trazaba líneas perfectas en la piel de la clienta.

—Esto duele más de lo que esperaba —dijo ella, apretando los dientes.

—El dolor es temporal. La eternidad, no —respondió Lojo, como si fuera un filósofo en lugar de un tatuador.

Jacobo, que estaba sentado cerca, añadió:

—A menos que te hagas un láser, claro. Entonces ni la eternidad es para siempre.

Aldara sonrió desde su rincón.

—Jacobo, ¿por qué no dejas de filosofar y te concentras en no atragantarte con esa croqueta?

La clienta rió entre dientes, aunque rápidamente volvió a quejarse.

—¿Cuánto falta? Esto está siendo eterno.

—Eso es lo irónico del infinito. Tienes que sentirlo para entenderlo —respondió Lojo, sin apartar la vista de su trabajo.

Después de casi 10 minutos, Lojo terminó. Se quitó los guantes con la elegancia de alguien que acaba de crear una obra maestra y se apartó para que la clienta pudiera mirar en el espejo.

Cuando ella vio el tatuaje, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Es perfecto. Es… más de lo que imaginaba.

—Por supuesto —dijo Lojo, con una pequeña sonrisa—. Porque el arte verdadero siempre supera las expectativas.

Jacobo, incapaz de contenerse, comentó:

—Sí, sí. Es arte y todo eso. Pero ¿quién paga el extra por escuchar poesía?

Soraya, mirando el tatuaje desde lejos, añadió:

—Espero que al menos etiquetes a Too Tattoo en la foto que subas. Aunque seguro que le pones un filtro y arruinas todo.

—¡No lo haré! Esto es perfecto tal como está —respondió la clienta.

Jun resopló desde su rincón.

—Ya veremos cuánto tarda en volver pidiendo un cover-up.

Cuando la clienta finalmente se marchó, el equipo se quedó en silencio durante un momento.

—¿Sabéis qué? —dijo Jacobo, rompiendo el silencio—. Si tuviera que elegir entre el infinito y unas croquetas, me quedo con las croquetas.

Lojo, volviendo a limpiar su zona de trabajo, sonrió con calma.

—El infinito puede ser complicado, pero al menos no interrumpe el almuerzo.

Y así, otro día de tinta llegaba a su fin en Too Tattoo, con Lojo demostrando que, aunque todos puedan tatuar el infinito, solo unos pocos pueden hacerlo memorable.






El Amor Duele, Pero los Tatuajes Más


Era una tarde típica en Too Tattoo, llena de zumbidos de máquinas y puñaladas flotando en el aire. Jun estaba en su rincón, maldiciendo la falta de buen gusto en los clientes habituales, Soraya revisaba memes de tatuajes desastrosos, Aldara organizaba su material con precisión casi ritual, y Jacobo masticaba algo que parecía ser su cuarto bocadillo del día. Lojo, por supuesto, estaba en su silla, impecablemente vestido, ajustando sus herramientas como si estuviera preparándose para operar a un Dios.

La puerta se abrió, y una pareja joven entró de la mano, con sonrisas demasiado grandes para ser reales. Ambos llevaban camisetas a juego que decían: "Forever Together".

—Hola —dijo la chica, con una voz dulce que casi daba diabetes—. Queremos hacernos un tatuaje de pareja. Algo especial.

El estudio quedó en silencio. Todos intercambiaron miradas como si acabaran de presenciar un crimen.

—¿Un tatuaje de pareja? —preguntó Jun, levantando la vista con una expresión que decía claramente "ya hemos visto esto antes."

—¡Sí! —dijo el chico, entusiasmado—. Algo que simbolice nuestro amor eterno.

Soraya dejó caer su móvil sobre el mostrador y lanzó una carcajada.

—Amor eterno, ¿eh? ¿Sabéis que los tatuajes duran más que la mayoría de las relaciones?

La chica frunció el ceño.

—Nosotros no somos como los demás. Llevamos juntos dos años.

—Oh, dos años. Todo un récord olímpico —murmuró Jacobo, mientras mordía su bocadillo.

Aldara, que tenía fama de tomarse las cosas con seriedad (aunque solo hasta cierto punto), se acercó con su tablet.

—¿Qué tenéis en mente?

—Queremos algo sencillo, pero profundo —dijo el chico. Luego sacó su móvil y mostró un diseño: dos corazones entrelazados con sus nombres dentro.

—Ah, los clásicos corazones entrelazados… ¿Seguro que no preferís algo más original? Como un contrato de divorcio en miniatura —sugirió Soraya, sin contener la risa.

—¡No! Esto es perfecto —dijo la chica, ignorando la burla.

Jun cruzó los brazos, apoyándose contra la pared.

—¿Sabéis cuántas parejas han venido aquí a hacerse tatuajes juntos y luego han vuelto, solos, pidiendo un cover?

—Nosotros no vamos a dejarlo —dijo el chico con firmeza, mirando a Jun como si estuviera desafiándolo.

Lojo, siempre el diplomático, intervino con calma.

—El amor es como un tatuaje. Puede ser hermoso, pero si no se cuida, termina siendo una carga… o algo que quieras borrar.

Jacobo, riéndose, añadió:

—O puede terminar cubierto por un dragón japonés.

Finalmente, después de varias bromas y comentarios sarcásticos, la pareja decidió seguir adelante con su diseño. Aldara se ofreció para tatuarlos, y ambos se turnaron para sentarse en la camilla.

Primero fue el chico. Mientras Aldara trabajaba, el equipo seguía lanzando comentarios desde el fondo.

—¿Y si rompen, quién se queda con los corazones? —preguntó Soraya.

—Podrían dividirlos. Cada uno se queda con medio. Muy equitativo —sugirió Jun.

—¿Y si en vez de nombres ponemos “Propiedad de Nadie”? Así es más fácil de reciclar después —añadió Jacobo, limpiándose las migas de su camisa.

El chico intentó reír, pero estaba demasiado concentrado en no gritar por el dolor.

—¿Te duele, amor? —preguntó la chica, con una voz preocupada.

—No… esto… es… hermoso —jadeó él, claramente sufriendo.

—Claro, el dolor es hermoso —dijo Aldara, sin levantar la vista de su trabajo—. Hasta que el amor se acaba.

Cuando fue el turno de la chica, la situación no mejoró.

—¡Ay! Esto duele mucho más de lo que esperaba —dijo ella, apretando los dientes.

—El amor duele, cariño. Pero al menos esto no va a dejarte por otra persona —murmuró Aldara, mientras seguía tatuando.

Cuando los tatuajes estuvieron terminados, la pareja se levantó y se miraron en el espejo, emocionados.

—Es perfecto —dijo la chica, con lágrimas en los ojos.

—Increíble. Esto nos unirá para siempre —añadió el chico, abrazándola.

El equipo observó la escena con expresiones que iban desde la diversión hasta la incredulidad.

—Bueno, ya está hecho. Ahora sois oficialmente inmortales… o al menos hasta que os aburráis el uno del otro —dijo Jun, mientras guardaba sus herramientas.

Soraya se acercó y les dio un consejo final.

—Si algún día rompéis, volved aquí. Os haremos un cover con algo más útil, como un recordatorio de “Nunca más.”

Cuando la pareja se marchó, todos volvieron a sus respectivas tareas. Jacobo fue el primero en romper el silencio.

—¿Cuánto tiempo les dais?

—Un año —dijo Soraya, sin dudarlo.

—Seis meses —añadió Jun.

—Tres semanas, como mucho —dijo Aldara.

Lojo, siempre el optimista, sonrió ligeramente.

—Les doy el beneficio de la duda. Quizás sean la excepción.

Jacobo soltó una carcajada.

—Claro, Lojo. Y quizás yo deje de comer croquetas.

Y así, otro día, recordando a todos que, aunque el amor puede no durar para siempre, un tatuaje mal pensado sí lo hará.




El cover de la vergüenza 


Era una mañana tranquila en Too Tattoo, al menos en apariencia. Jun organizaba sus agujas mientras refunfuñaba sobre clientes "sin gusto", Soraya navegaba en su móvil buscando memes oscuros, Jacobo devoraba su primer bocadillo del día (probablemente de croquetas), Aldara organizaba sus tintas como si estuviera preparando un hechizo, y Lojo, siempre impecable, repasaba su agenda con calma divina.

La puerta del estudio se abrió lentamente y entró el chico del tatuaje de pareja del día anterior. Juan, según recordaban, ahora no tenía esa sonrisa confiada de "amor eterno". En su lugar, parecía haber envejecido diez años en una noche.

—Buenos días… —dijo con voz apagada, mirando al suelo.

Soraya fue la primera en romper el silencio.

—Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí? ¿El romántico eterno ha vuelto tan pronto?

Jun ni siquiera levantó la vista.

—Déjame adivinar. ¿Tu "amor eterno" duró menos que una pila de reloj?

El chico se encogió de hombros, claramente avergonzado.

—Mi novia… bueno, mi exnovia… me dejó anoche.

Jacobo, con un trozo de bocadillo en la mano, estalló en carcajadas.

—¡Lo sabía! ¡Si es que hay cosas que no fallan! El tatuaje de pareja es como abrir un paraguas dentro de casa. Pura mala suerte.

Aldara, siempre directa, preguntó:

—¿Y ahora qué? ¿Vienes a pedirnos que lo borremos?

—No… bueno, sí. Quiero un cover. No puedo mirar este tatuaje sin recordar lo que pasó.

Lojo se acercó, calmado como siempre.

—¿Qué pasó exactamente?

El cliente suspiró profundamente, como si estuviera reviviendo la peor noche de su vida.

—Después de que nos hicimos el tatuaje, ella empezó a decir que sentía que estaba “encadenada a un hombre”. Que necesitaba “liberarse” y que el tatuaje la hacía sentirse "propiedad de alguien". Luego, por la noche, me dijo que hacía tiempo que había conocido a otro. Un tipo que “comprendía mejor su energía”.

Soraya casi escupe el café que estaba bebiendo.

—¿Que comprendía su energía? ¡Por Dios, esto es mejor que un drama de Netflix!

Jun resopló.

—Así que básicamente, te dejó porque el tatuaje le abrió los ojos. Bueno, al menos sirvió para algo.

El chico se sentó en la camilla, todavía con una expresión de derrota.

—Por favor, necesito que arreglen esto. No importa lo que cueste.

Aldara cruzó los brazos.

—¿Qué quieres que hagamos? ¿Cubrirlo con un dragón llorón? Porque parece lo más apropiado.

—O un bote de basura —añadió Jacobo, todavía riéndose.

Lojo levantó una mano para calmar el ambiente.

—Dejemos las bromas. Esto es serio.

—¿Serio? —dijo Jacobo, levantando una ceja—. Vamos, Lojo. Esto es un show en toda regla.

—El arte no juzga —respondió Lojo con su voz serena—. Pero sí soluciona errores.

Juan lo miró con ojos llenos de esperanza.

—¿Puedes hacer algo?

—Creo que Soraya es la más adecuada para convertir ese desastre en algo que tenga sentido… y dignidad —respondió Lojo.

Soraya comenzó a trabajar, trazando un diseño que cubriera los corazones entrelazados y los nombres de la pareja. Lo reemplazó con un fénix estilizado, que emergía de las cenizas con detalles elegantes y líneas limpias.

—Esto simboliza renacimiento y fortaleza —explicó Soraya mientras tatuaba.

—¿Renacimiento? —preguntó Jacobo desde el fondo—. Yo diría que es más bien un “recuerda no hacer idioteces otra vez”.

Aldara, divertida, añadió:

—Podrías tatuarle al lado una lista: “1. No nombres, 2. No corazones, 3. No novias.”

Lojo, mirando el diseño, comentó con aprobación.

—Al menos esto no hará que te arrepientas cada vez que lo veas.

El cliente, aunque seguía avergonzado, comenzó a relajarse.

—Gracias… creo que esto es justo lo que necesito.

—Bueno, necesitarás terapia también —murmuró Jun, aunque nadie pudo saber si hablaba en serio o en broma.

Cuando Soraya terminó, el chico se levantó de la silla y se miró en el espejo. En lugar de los corazones y los nombres que representaban una relación rota, ahora tenía un tatuaje impresionante que irradiaba fuerza.

—Es… increíble. No sé cómo agradecerte esto.

—No lo agradezcas aún —dijo Soraya, cruzándose de brazos—. Asegúrate de no volver a cometer el mismo error.

—Y, por favor, si vuelves con otra novia, que no sea aquí donde te tatúes —añadió Aldara.

Jacobo, terminándose su bocadillo, concluyó:

—O mejor aún, si vuelves, que sea solo para invitarme a croquetas. Eso nunca traiciona.

Cuando el cliente salió del estudio, el equipo se quedó en silencio por un momento. Finalmente, Soraya rompió el hielo.

—¿Qué aprendimos hoy?

—Que el amor no es infinito, pero los tatuajes sí pueden serlo —respondió Jun, guardando sus herramientas.

—Y que siempre es buena idea dejar espacio para un cover —añadió Aldara, con una sonrisa.

Lojo, como siempre, cerró con sabiduría.

—El arte puede curar heridas… pero la estupidez no tiene remedio.

Jacobo, riéndose, concluyó:

—Por eso me dedico a comer. Es lo único que nunca me deja tirado.

Y así terminó otro día en Too Tattoo, donde el equipo demostró, una vez más, que el verdadero arte no está en cubrir tatuajes… sino en cubrir las malas decisiones de la gente. Porque, al final, un tatuaje puede arreglarse, pero los traumas emocionales quedan para siempre. ¿Quién necesita terapia cuando tienes un fénix increíble y un equipo dispuesto a reírse de tu miseria?



viernes, 3 de enero de 2025

Enero 25

Bienvenidos a Too Tattoo

Hay lugares que respiran arte y pasión. Hay sitios que vibran con creatividad y devoción. Y luego está Too Tattoo, un estudio de tatuajes donde los sueños cobran vida… para convertirse en tus peores pesadillas. Porque aquí no solo te llevas un diseño en la piel; te llevas una historia, un trauma, o, con suerte, un poco de sangre extra.

Ubicado en el corazón de un barrio que nunca duerme (pero probablemente porque alguien está siendo asaltado), Too Tattoo es más que un estudio: es un refugio para almas perdidas, cuerpos desesperados y clientes que no tienen ni idea de lo que quieren, pero insisten en “algo pequeño y significativo, como mi ex”. El aroma a tinta y desinfectante llena el aire, mezclado con el grito ocasional de un cliente que descubrió tarde que "blackout" no es sinónimo de "relajante".

Los encargados de mantener esta máquina infernal en funcionamiento son cinco personas con más problemas emocionales que un reality show familiar:

Jun, el rey del drama y el grito.
Es gordito, irascible y tiene una paciencia tan corta como el pelo Lojo. Amante del estilo japonés, amenaza constantemente con “hacer un hara-kiri artístico” cada vez que un cliente le pide una frase en latín mal traducida. (“¡Te voy a tatuar Veni, Vidi, Vaffanculo! Y ni me hables de fuentes cursivas.”)

Aldara, la dulce asesina.
Con su voz suave y su apariencia frágil, Aldara es el tipo de persona que parece incapaz de matar una mosca. Pero, si le pides un tatuaje con significado "minimalista", prepárate para oír un monólogo sobre las "almas en pena que merecen desaparecer". Sus blackout son tan intensos que muchos clientes juran sentir cómo la tinta se les mete en los huesos.

Soraya, a.k.a. “La Chunga”, la bordadora de almas.
Especialista en tatuajes bordados, Soraya tiene el don de hacer que cualquier diseño parezca salido de la chaqueta de un motero psicópata. Dulce por fuera y completamente psycho por dentro, es la encargada de lidiar con los clientes más pesados. Una vez dejó a un tío llorando en el baño por pedirle un tribal en la cara: "No tatuaré basura en basura, cariño".

Lojo, el dios griego perdido.
Lojo es el tatuador todoterreno del grupo, un ser apolíneo que parece haber sido esculpido en mármol por los mismísimos dioses. Siempre impecable, Lojo puede tatuarte una obra maestra mientras da lecciones de etiqueta a los clientes. Nadie sabe por qué trabaja en un lugar tan caótico, pero se sospecha que tiene un contrato con el diablo… o con Jacobo, que es peor.

Jacobo, el piercer siempre hambriento.
Con más kilos que paciencia, Jacobo es el maestro del piercing y el caos culinario. Mientras perfora narices, labios y cualquier otra parte que alguien tenga la osadía de pedir, habla de comida como si fuera un poeta romántico: “Este lóbulo de oreja me recuerda a unas croquetas de jamón que probé una vez…” Nadie sabe cómo sobrevive con tantos antojos en un barrio lleno de restaurantes. Probablemente porque se los come antes de que terminen el trabajo.

Too Tattoo es su reino, y las historias que aquí nacen son tan absurdas como macabras. Hay clientes que vienen con lágrimas, otros con risas nerviosas y algunos con demandas tan bizarras que hacen dudar de la cordura humana. Pero, al final, todos se llevan algo único. A veces es un tatuaje hermoso. A veces, es una cicatriz emocional. Y, de vez en cuando, es un funeral.

Así que siéntate, relájate, y déjate llevar por las historias que aquí se tejen con tinta, agujas y un humor tan negro como el blackout de Aldara. Bienvenido. Es posible que salgas llorando… pero al menos no serás el primero.


La Reunión de Emergencia

Había algo extraño en el aire esa mañana en Too Tattoo. Tal vez eran las nubes negras acumulándose sobre el barrio, o quizás el hedor persistente a desinfectante mezclado con la croqueta de anoche que Jacobo se había dejado caer bajo la camilla de piercings. Pero la verdadera señal de que algo estaba a punto de irse a la mierda fue cuando Jun entró al estudio sosteniendo un cartel escrito en Comic Sans que decía: "REUNIÓN DE EMERGENCIA: TODOS PREPARADOS EN 5 MINUTOS".

—¿Y ahora qué? —gruñó Soraya, mirando el cartel con el ceño fruncido—. ¿Nos va a enseñar otra katana? Porque la última vez casi le corta el bigote a Jacobo.

—No lo sé, pero apuesto a que va a gritar —respondió Aldara, mientras organizaba sus agujas en perfecto orden. Era su ritual para lidiar con los enfados de Jun: mantener algo, cualquier cosa, bajo control.

Lojo, como siempre impecable, siguió con su café mientras murmuraba:
—Cuando Jun dice "emergencia", generalmente significa que alguien le pidió un tatuaje de un infinito en la muñeca.

Cinco minutos después, todos estaban sentados, rodeados por sillas de cuero medio destartaladas y un maniquí al que alguien, probablemente Soraya, había tatuado un pene en la frente.

Jun se plantó frente al grupo como un general antes de la batalla. Sostenía en una mano una lista de papel arrugada y en la otra, para sorpresa de nadie, su katana favorita.

—¡Esto se acabó! —exclamó, haciendo un gesto dramático con la espada.
—¿Otra vez con la katana? —preguntó Soraya, arqueando una ceja.
—¡Esto no es sobre la katana! ¡Es sobre los clientes! Estoy HARTO.

—¿De qué exactamente? —preguntó Lojo con calma, tomando un sorbo de su café.
—¡De esto! —Jun agitó la lista en el aire—. Frases en latín mal traducidas. Tatuajes minimalistas que parecen dibujados por un niño de cinco años. ¡Y si un imbécil más me pide un lobo aullándole a la luna en un brazo, juro que voy a empezar a tatuar directamente insultos!

Jacobo, que estaba devorando una empanada de algún origen cuestionable, levantó la mano como un niño en la escuela.
—¿Y qué pasa con los piercings? ¿Puedo seguir perforando narices con un palillo si se acaban las agujas?

—¡No es sobre ti, Jacobo! —gritó Jun, aunque claramente se arrepintió porque Jacobo estaba masticando con demasiado entusiasmo.
—Espera, ¿esto es una intervención? Porque yo no pienso dejar el blackout —intervino Aldara, cruzando los brazos con firmeza—. Si no les gusta mi estilo, pueden ir a tatuarse líneas finas con algún influencer de Instagram.

Soraya se estiró en su silla y puso los pies en la mesa.
—Entonces, ¿qué propones, Jun? ¿Nos convertimos en el primer estudio vegano-minimalista-del-zen y hacemos tatuajes con henna ecológica? Porque si es así, renuncio.

Jun respiró hondo, claramente al borde del colapso, y señaló la lista como si fuera el resultado de una autopsia particularmente traumática.
—¡Propongo normas! ¡Reglas para los clientes! ¡Algo que nos proteja de estas barbaridades!

Hubo un silencio breve, roto solo por el crujir de la empanada de Jacobo.

—Normas… —repitió Lojo, como si estuviera considerando seriamente la posibilidad de exiliarse a otro planeta.
—Sí, normas. Como, por ejemplo: prohibido pedir frases en idiomas que no entiendan. Si quieres tatuarte "Carpe Diem", al menos no lo escribas como "Carpa Día".

—¿Y qué hacemos si lo piden? —preguntó Aldara con un brillo sádico en los ojos.
—¡Lo hacemos mal a propósito! —gritó Jun. Luego añadió en voz baja—: Y lo cobramos más caro.

Soraya se rió.
—Me gusta. ¿Qué más?

Jun revisó su lista, murmurando.
—Prohibido traer acompañantes que opinen más que el cliente. Si tu amiga dice “yo creo que le quedaría mejor una flor”, ¡ella se lo paga!

Jacobo levantó la mano de nuevo, esta vez sosteniendo una croqueta imaginaria.
—¿Y si alguien trae comida, pero no comparte? Porque eso sí que debería estar prohibido.

El resto del equipo lo ignoró, excepto Lojo, que simplemente le dio una palmada en el hombro como diciendo "sigue así, vas bien".

Jun terminó su discurso con un golpe dramático sobre el mostrador.
—¡A partir de ahora, Too Tattoo será un lugar de arte y respeto! ¡No un parque infantil de horrores estilísticos!

El grupo lo miró en silencio. Finalmente, Soraya habló, ajustándose una chaqueta.
—Vale, Jun, pero sabes que mañana alguien pedirá un tatuaje de un infinito con la frase “Live, Laugh, Love” y te pagará en efectivo y más de lo que vale. ¿Qué hacemos entonces?

Jun suspiró, mirando su lista como si fuera su último hilo de esperanza.
—Lo hacemos. Pero no les damos la satisfacción de disfrutarlo…

Y con eso, la reunión terminó. Las normas quedaron escritas en una pizarra que nadie leyó nunca, y Too Tattoo volvió a su caos habitual, con Jun gritando, Aldara planeando diseños oscuros, Soraya riéndose de todo, Lojo manteniendo su dignidad y Jacobo… bueno, buscando otra croqueta.







El Cliente Perfecto

Era un día más en Too Tattoo, lo que significaba que nada bueno podía pasar. Apenas había abierto la puerta del estudio cuando Jun, ya irritado desde las siete de la mañana, gruñó al ver entrar a su primer cliente. Era un hombre alto, delgado, con gafas de pasta y una chaqueta que gritaba: “No tengo personalidad, pero soy un experto en todo”.

—Hola, quiero un tatuaje pequeño —dijo el cliente mientras inspeccionaba el lugar como si estuviera en un museo barato—. Algo minimalista, pero con mucho significado. Algo que diga quién soy, ¿me entiendes?

Jun respiró hondo, apretando el mango de su katana imaginaria.
—Claro. Algo pequeño, significativo y que diga quién eres. ¿Qué tal un punto? Pequeño, conciso y te describe a la perfección.

—No, no, algo más… espiritual. Quizás un mandala. ¿Hacéis mandalas?

Antes de que Jun pudiera responder, Soraya apareció detrás del mostrador, con una sonrisa tan dulce como falsa.
—¿Un mandala? ¡Por supuesto! Pero aquí hacemos mandalas especiales. Los llamamos “círculos de la desesperación”. Se tatúan con tinta negra y lágrimas de tatuadores quemados por la vida.

El cliente parpadeó, confundido.
—¿Eso es… un estilo nuevo?

—Oh, sí —respondió Aldara desde su esquina, sin levantar la vista de sus agujas—. Muy exclusivo. Solo aceptamos clientes con una profunda conexión con el vacío existencial. ¿Eres uno de ellos?

—Eh… claro —murmuró el cliente, claramente incómodo pero demasiado orgulloso como para marcharse.

Lojo, que acababa de entrar al estudio con un café recién comprado, se inclinó sobre el mostrador y le dedicó su sonrisa más encantadora.
—Podemos hacerlo, pero los mandalas tienen un coste emocional. Cada línea representa un trauma. ¿Tienes suficientes traumas como para justificar el diseño?

El cliente abrió la boca, pero antes de que pudiera responder, Jacobo irrumpió desde la trastienda con un trozo de pizza en la mano.
—¿Este tipo tiene traumas? —preguntó, mirando al cliente de arriba abajo como si lo estuviera evaluando para un menú—. No parece alguien que haya sobrevivido a un buffet libre.

—¡Jacobo, calla! —gritó Jun, ya al borde de la locura—. Mira, chaval, ¿quieres el puto tatuaje o no?

El cliente, ahora sudando ligeramente, asintió.
—Sí, sí, quiero el mandala. Pero que sea algo único, algo que nadie más tenga.

Soraya rió entre dientes.
—Oh, cariño, único lo será. ¿Te importa si le añadimos un toque personal? Tal vez una línea extra que forme un mensaje secreto que solo los gatos puedan entender.

El cliente no respondió, probablemente porque estaba demasiado ocupado intentando entender si todos los tatuadores estaban bromeando o si acababa de firmar un contrato con el diablo. Finalmente, Jun se levantó de su silla y se puso los guantes.
—Vale, vamos al lío. Prepárate para el mandala más espiritual que hayas visto. Y cuando te mires al espejo, recuerda: el verdadero significado está en cómo lo interpretes… o en cómo lo soportes.

El cliente se tumbó en la camilla, mientras el resto del equipo se reunía discretamente para observar desde una distancia segura. Aldara susurró:
—¿Cuánto tiempo creéis que va a tardar en llorar?

—Diez minutos —respondió Soraya.
—Cinco —dijo Jacobo con un trozo de pizza colgándole de la boca.

Jun, mientras tanto, trabajaba con la precisión de un cirujano, añadiendo líneas y formas con un detalle casi obsesivo. Después de media hora, el cliente intentó hablar.
—¿Está quedando bien?

—Oh, sí —respondió Jun, sin apartar la vista del diseño—. Está quedando… perfecto.

Cuando terminó, el cliente se levantó y miró el tatuaje en el espejo. Por un momento, hubo silencio absoluto en el estudio. Luego, el cliente murmuró:
—¿Es un… huevo frito?

Jun sonrió con una serenidad que bordeaba la psicopatía.
—Es un mandala conceptual. Representa el ciclo de la vida: la clara como el vacío, la yema como el núcleo de tu ser, y los bordes quemados como tus elecciones de vida. ¿No es hermoso?

El cliente abrió la boca, cerró la boca, y finalmente decidió que no tenía el valor suficiente para protestar.
—Sí… claro. Es… profundo.

Cuando salió del estudio, Soraya se inclinó hacia Jun.
—¿Por qué un huevo frito?

Jun se encogió de hombros.
—Porque estoy harto. Y porque se lo merecía.

Jacobo levantó su pizza como si fuera un brindis.
—¡Por los huevos fritos conceptuales!

Y el día continuó, porque en Too Tattoo, los clientes venían con ideas y salían con historias… algunas más idiotas que otras.


El Tatuaje Invisible

La tarde en Too Tattoo había alcanzado ese punto en el que el aburrimiento comenzaba a ser peligroso. Soraya jugaba con sus agujas, creando figuras en la mesa mientras Jun se cagaba en todo en voz baja porque alguien había puesto el papel de váter al revés de lo que él consideraba adecuado. Jacobo, por supuesto, estaba en su rincón con una empanada que había encontrado en algún lugar misterioso, y por lugar misterioso no hablo de un establecimiento precisamente.

La puerta del estudio se abrió, dejando entrar a un hombre flaco y nervioso. Vestía ropa gris que parecía tan olvidable como él, y sus gafas estaban torcidas, como si alguien hubiera intentado enderezarlas con los dientes.

—Hola —dijo el hombre, su voz tan baja que apenas llegó a los oídos de Soraya—. Estoy aquí para un tatuaje. Pero… quiero algo especial.

Soraya alzó la vista con una sonrisa y su mirada de dulce pero cabrona.
—¿Especial? ¿Qué tan especial estamos hablando? ¿Una Hello Kitty? ¿Una virgen llorando sangre? ¿Un tribal en la frente?

El hombre negó con la cabeza.
—No. Quiero… un tatuaje invisible.

La risa de Soraya fue instantánea, una carcajada que rebotó en las paredes del estudio. Jun, que estaba luchando el papel de váter, dejó de maldecir para unirse al espectáculo.
—¿Invisible? ¿Quieres un tatuaje que no se vea. ¿Para qué? ¿Para presumir con fantasmas?

El hombre enderezó las gafas, claramente acostumbrado a no ser tomado en serio.
—Es un concepto. Quiero algo personal, algo que yo sepa que está ahí. Es… metafísico.

—Metafísico, claro. ¿No prefieres un té de hierbas? —intervino Jun con sarcasmo.
—¡Lo haré yo! —dijo Soraya. Sus ojos brillaban con una mezcla de burla y entusiasmo.

—¿En serio? —preguntó Jun, alzando una ceja.
—Claro que sí. Un tatuaje invisible es lo más fácil del mundo. Además, me vendrá bien una sesión relajada. Pero, por supuesto, esto va a costar como si fuera un mural en la Capilla Sixtina.

—No hay problema —dijo el cliente, sacando un fajo de billetes que dejó a Jacobo masticando en cámara lenta.
—¿Es real? —susurró Jacobo, mirando el dinero con ojos brillantes.

El hombre se tumbó en la camilla mientras Soraya se preparaba. Jun se inclinó contra la pared, observando con los brazos cruzados, claramente disfrutando del espectáculo.
—¿Qué diseño quieres? —preguntó Soraya, encendiendo la máquina de tatuar, aunque no tenía intención de usar tinta.
—Algo elaborado. Un símbolo que represente mi alma.

—Tu alma, claro. —Soraya alzó una ceja mientras miraba el brazo del hombre—. Bueno, prepárate, porque tu alma está a punto de verse divina.

Con movimientos exagerados, Soraya comenzó a "tatuar" el brazo del hombre, haciendo sonidos con la máquina y pausando de vez en cuando para "admirar su obra". Mientras tanto, Jun se mordía los labios para no reírse, y Jacobo, desde la trastienda, murmuraba:
—¿Podemos vender tatuajes invisibles en paquete? Esto podría ser un negocio.

Soraya, completamente metida en el papel, añadió:
—Este diseño es único. Nadie más en el mundo tendrá algo igual. Bueno, porque nadie más podrá verlo, pero ya sabes, esto es arte.

El cliente cerró los ojos, claramente emocionado.
—Siento como si algo cambiara dentro de mí. Es como si mi piel… estuviera iluminada.

Jun resopló desde la esquina, susurrando:
—Claro, iluminada con aire.

Después de casi una hora, Soraya apagó la máquina y dio un paso atrás.
—Listo. El tatuaje invisible más elaborado que he hecho. ¿Te gusta?

El hombre se levantó lentamente y miró su brazo en el espejo. Su expresión era de pura fascinación.
—Es perfecto. Justo lo que quería.

—Por supuesto que sí —respondió Soraya con una sonrisa encantadora mientras se quitaba los guantes—. Soy una artista, baby.

Cuando el hombre se marchó después de pagar (y dejar una propina generosa), el estudio quedó en silencio por un momento. Finalmente, Jun habló:
—Acabamos de cobrarle 600 pavos por aire.

Soraya se encogió de hombros, guardando el dinero en la caja.
—Arte, Jun. Esto es arte conceptual. No todo el mundo lo entiende.

—¿Y si vuelve para un retoque? —preguntó Jacobo mientras buscaba en su mochila algo más para comer.
—Le cobramos otros 600 —respondió Soraya con una sonrisa—. Y esta vez le decimos que está "evolucionando".

Jun sacudió la cabeza mientras volvía a su rincón, pero no pudo evitar sonreír. Porque en Too Tattoo, incluso lo invisible tenía un precio… y siempre valía la pena pagarlo.




La Señora de los Gatos

Era un martes como cualquier otro en Too Tattoo, lo que significaba que era el día de “hablarse bonito” y que Jacobo ya debía haber terminado su tercer desayuno, Jun había gritado por el dispensador de agua roto al menos cinco veces, y Soraya estaba dibujando diseños macabros mientras tarareaba canciones de navidad. Lojo, impecable como siempre, organizaba sus herramientas con la precisión de un cirujano.

Entonces, la puerta del estudio se abrió y una señora pequeña y peculiar entró, arrastrando consigo una nube de perfume barato y una cantidad alarmante de pelos de gato. Tenía el cabello recogido en un moño apretado y un bolso tan abultado que parecía esconder un pequeño zoológico.

—¡Buenos días! —exclamó, radiante, ignorando las miradas confusas del equipo.
—Buenos días… —respondió Lojo con su habitual cortesía.
—Estoy aquí para algo muy especial. Quiero tatuarme a mis bebés.

La señora sacó de su bolso una pila de fotografías desordenadas. Había al menos una docena de gatos: negros, blancos, atigrados, con pelos largos, sin pelo y uno que parecía perpetuamente enfadado.

—Quiero que sus caritas estén conmigo para siempre —continuó, señalando sus manos—. En cada dedo. Quiero un retrato de cada uno.

Jun dejó caer el lápiz con el que estaba dibujando y Soraya soltó una carcajada que trató de disimular fingiendo una tos. Aldara solo levantó una ceja desde su rincón, mientras Jacobo murmuraba entre bocados de empanada:
—¿Eso es siquiera anatómicamente posible?

Lojo, fiel a su temple, sonrió amablemente.
—Un retrato en cada nudillo… eso es un reto artístico, pero puedo intentarlo.

La señora sonrió con entusiasmo, como si le hubieran prometido el cielo.
—Sabía que usted lo entendería. Estos son mis bebés: Tomás, el mimoso; Bigotes, mi travieso; Señor Mordisquitos, el intelectual… cada uno tiene una personalidad única. Quiero que eso se refleje en los tatuajes.

Lojo asintió con una sonrisa, pero detrás de su expresión serena ya estaba trazando un plan.

La señora se acomodó en la camilla, mientras Lojo revisaba las fotos. Jun se inclinó hacia Soraya y murmuró:
—Esto va a ser un desastre. ¿Por qué aceptó esto?
—Porque es Lojo. Siempre sale ganando.

Comenzó con el primer nudillo. Pero no dibujó a Tomás, ni a Bigotes, ni al Señor Mordisquitos. En lugar de eso, comenzó a rellenar el espacio con negro puro, cubriendo completamente el nudillo. Mientras trabajaba, mantuvo una conversación tranquila con la señora, preguntándole detalles sobre cada gato.

—Tomás es el mimoso, dices. Seguro que siempre te mira con esa intensidad que dice “dame mimos a mí primero”.
—¡Exactamente! —respondió la señora, encantada.
—Ah, lo estoy captando perfectamente —dijo Lojo, mientras continuaba rellenando con tinta negra.

Uno por uno, los nudillos se oscurecieron por completo. Cuando terminó, cada mano parecía una fila de pequeños bloques de carbón.

—Listo —dijo Lojo, quitándose los guantes con elegancia.
—¿Ya está? —preguntó la señora, levantando las manos con emoción. Pero su expresión cambió rápidamente al ver los tatuajes.
—¿Por qué… están completamente negros? ¿Dónde están mis bebés?

Lojo, sin perder la compostura, se inclinó hacia ella con una sonrisa de sabiduría.
—Ah, pero ahí están. Estos son tus gatos… con la luz apagada.

La señora parpadeó, claramente confundida.
—¿La luz apagada?

—Por supuesto. Es un diseño conceptual. Tus bebés están ahí, en la oscuridad. Representa cómo ellos siempre están contigo, incluso en las sombras. Es una obra profundamente metafórica. ¿No lo sientes?

La señora, impresionada por su tono solemne y su confianza, miró sus manos otra vez. Lentamente, su expresión pasó de la confusión a la admiración.
—¡Es… profundo! Mis bebés… ¡en la oscuridad! Nunca lo habría pensado. Es como si siempre estuvieran velando por mí, incluso cuando no los veo.

Jun, desde su rincón, estaba al borde de la risa, mientras Soraya se mordía el labio para no estallar. Jacobo simplemente murmuró:
—Es un genio. Un puto genio.

—Me alegra que te guste —dijo Lojo, mientras limpiaba su área de trabajo con calma.
—¡Me encanta! —respondió la señora con entusiasmo—. Es tan artístico… ¡tan simbólico! Muchas gracias.

Pagó generosamente, dejando incluso una propina, y salió del estudio con las manos levantadas, murmurando sobre la belleza de sus gatos en la oscuridad.

Cuando la puerta se cerró, Jun se giró hacia Lojo con incredulidad.
—¿Gatos en la oscuridad? ¿De verdad?

Lojo sonrió con serenidad mientras tomaba su taza de café.
—El arte está en los ojos del espectador, Jun. Y a veces, también en lo que no pueden ver.

Soraya rompió a reír, golpeando la mesa.
—Lojo, eres un maestro. ¡Le vendiste un blackout como arte conceptual de gatos!

—¿Y si vuelve para retoques? —preguntó Jacobo, todavía impresionado.
—Ah, fácil. —Lojo tomó un sorbo de café—. Le diré que les haga "maullar" en su corazón.

Y así, Too Tattoo añadió un capítulo más a su historia, con Lojo demostrando que incluso el embaucador más elegante puede convertir el negro puro en poesía… y en un día muy rentable.







El Excéntrico Millonario

Era un día más en Too Tattoo, o al menos así parecía hasta que la puerta se abrió y entró un hombre alto, vestido con un traje blanco que gritaba "caro" desde cada costura. Llevaba gafas de sol ridículamente grandes y un anillo en cada dedo, como si fuera una combinación extraña entre Elton John y un capo de la mafia.

—¡Buenos días! —exclamó con una voz que llenó todo el estudio—. Busco tatuarme algo… único. Y por único, quiero decir todo mi cuerpo en una sola sesión.

—¿Todo tu cuerpo? En una sola sesión. ¿Estás seguro de eso?

El millonario asintió con una sonrisa radiante.
—Por supuesto. ¡Quiero ser una obra de arte viviente! Pero no cualquier arte. Quiero algo que rompa todas las normas.

—¿Y qué tienes en mente? —preguntó Soraya, mirando al hombre con curiosidad.
—Ah, lo he pensado mucho —respondió, sacando una libreta de su maletín y abriéndola sobre el mostrador. En cada página había garabatos que parecían dibujados por un niño en pleno ataque de azúcar—. Quiero un unicornio peleando con Nietzsche. En mi pecho.

—¿Nietzsche? —repitió Jacobo desde la trastienda, asomándose con un trozo de pizza en la boca—. ¿El filósofo?

—¡Exactamente! Y en mi espalda quiero un volcán en erupción, pero en lugar de lava, que salga confeti.

El estudio quedó en silencio por un momento. Finalmente, Aldara levantó la vista de sus agujas y, con su voz suave dijo:
—Yo lo haré.

Jun la miró como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Tú? ¿Estás segura? Esto suena a…

—Un reto. Y me gustan los retos —interrumpió con una pequeña sonrisa que no prometía nada bueno.

El millonario se quitó el traje, revelando un cuerpo perfectamente bronceado y libre de tatuajes.
—Soy como un lienzo en blanco —dijo, mientras se tumbaba en la camilla—. Transforma este cuerpo en algo inolvidable.

Aldara comenzó con el diseño del unicornio y Nietzsche. Pero en lugar de un unicornio majestuoso y un filósofo pensativo, sus manos parecían tener una idea muy distinta: el unicornio terminó con una mirada de psicópata y dientes afilados, mientras que Nietzsche parecía más un loco escapado de un manicomio, con ojos desorbitados y una espada rota en la mano.

—¿Es… intencional que el unicornio tenga sangre en la boca? —preguntó el millonario, ligeramente preocupado.
—Por supuesto —respondió Aldara sin levantar la vista—. Es una metáfora de la lucha entre lo ideal y lo real.

El millonario asintió, claramente demasiado impresionado por el uso de la palabra “metáfora” como para cuestionarlo más.

Cuando Aldara pasó a la espalda, el diseño del volcán tomó un giro aún más oscuro. El confeti parecía más trozos de carne saliendo disparados del cráter, y las montañas alrededor tenían rostros de personas gritando. Soraya, que observaba desde un rincón, se inclinó hacia Jun y murmuró:
—Eso no es confeti. Eso es un volcán homicida.

—Es Aldara. ¿Qué esperabas? —respondió Jun, resignado.

A mitad de la sesión, el millonario empezó a sudar.
—¿Podemos tomar un descanso? Esto está empezando a… doler.

Aldara lo miró con una dulzura inquietante.
—El arte requiere sacrificio. ¿Quieres ser inolvidable, verdad?

El millonario asintió con nerviosismo, tumbándose de nuevo mientras Jacobo se acercaba con una botella de agua y murmuraba:
—Tú pediste esto, amigo. Ahora aguanta. Ya sabes el dicho: “Los tatuajes duelen, las pajas son las que dan gusto”.

Después de siete horas de trabajo (y muchas pausas para que el millonario no se desmayara), Aldara terminó su obra maestra.
—Listo —dijo, quitándose los guantes—. Ahora eres una obra de arte.

El millonario se levantó con esfuerzo y se dirigió al espejo de cuerpo entero. Lo que vio fue… inolvidable, pero no en el sentido que esperaba.

El unicornio en su pecho parecía un carnicero en plena masacre, con Nietzsche sosteniendo una pancarta que decía: "Dios está muerto, y tú serás el siguiente". En su espalda, el volcán escupía lo que claramente eran extremidades humanas, mientras pequeños demonios bailaban alrededor.

—Esto… esto no es lo que pedí —balbuceó, mirando su reflejo con horror.

Aldara lo miró con calma, limpiándose las manos.
—Es exactamente lo que pediste. Querías romper las normas, ¿no? Esto no es solo un tatuaje. Es una declaración sobre la humanidad, la locura y el caos inherente en nuestra existencia.

El millonario se quedó en silencio, procesando las palabras. Lentamente, una sonrisa extraña apareció en su rostro.
—Es… brillante. Es grotesco, pero tiene sentido. ¡Es arte!

Jun, desde la esquina, murmuró:
—¿En serio? ¿Se lo ha tragado?
—Aldara lo hizo parecer filosofía pura. Este tío ya está pensando en presumir en sus reuniones de millonarios —dijo Soraya, riéndose por lo bajo.

El millonario se vistió con cuidado, pagó una suma obscena (junto con una propina), y se marchó del estudio, murmurando algo sobre "la deconstrucción de la estética tradicional".

Cuando la puerta se cerró, Jun se giró hacia Aldara.
—Eso fue lo más macabro que he visto en mi vida.

Aldara sonrió mientras limpiaba su área de trabajo.
—El arte no siempre es bonito, Jun. Pero siempre tiene un impacto.

Jacobo, desde la trastienda, añadió:
—A mí me dio hambre. Ese volcán parecía carne asada. ¿Soy yo o…?

El estudio estalló en carcajadas mientras Aldara volvía a su rincón, con la satisfacción de haber dejado otra marca inolvidable en el caótico legado de Too Tattoo.








La Tarde de los Mil Piercings

El reloj marcaba las cinco de la tarde en Too Tattoo, y Jacobo ya había sobrevivido a dos empanadas, un bocadillo de tortilla y media docena de galletas que alguien había dejado en la trastienda. Era su día favorito: sábado, lo que significaba que todo el mundo, desde adolescentes malhumorados hasta adultos en crisis existencial, pasaba por el estudio buscando perforarse cosas que probablemente no debían perforarse.

Jun, mirando la fila de clientes que se acumulaba fuera, murmuró:
—Esto va a ser un desastre. Jacobo, ¿estás listo?

Jacobo levantó una aguja y sonrió con una confianza que no tranquilizó a nadie.
—Listo. Hoy vamos a convertir oídos, narices y lo que sea en obras de arte funcionales.

Soraya soltó una carcajada desde el mostrador.
—¿Arte funcional? Más bien vas a montar una ferretería humana. Arte disfuncional diría yo.

Jacobo ignoró el comentario y se dirigió a la primera clienta: una adolescente con más maquillaje que expresiones faciales, que se plantó en la silla como si estuviera a punto de enfrentarse al juicio final.

—Quiero un piercing en la nariz —dijo, sacando un móvil para tomarse selfies en pleno proceso.
—Fácil. —Jacobo se puso los guantes con un entusiasmo inquietante—. ¿Un aro, un brillantito o algo más… experimental?

La chica lo miró con el ceño fruncido.
—Solo un aro, pero que no duela.

—Ah, claro, porque soy un mago y las agujas son de terciopelo —murmuró mientras ajustaba los guantes.

El piercing salió perfecto, pero la chica se desmayó en cuanto vio la aguja.
—¿Estás bien? —preguntó Jacobo, dándole golpecitos en la cara mientras Soraya tomaba fotos con su móvil.
—Solo quiero un vídeo para el Instagram —respondió la chica, despertando lo justo para grabar el resultado.

Jacobo suspiró y miró a la fila.
—Siguiente.

El siguiente cliente era un hombre corpulento con cara de pocos amigos. Se sentó en la silla y abrió la boca antes de que Jacobo pudiera decir nada, sacando una lengua que parecía más grande de lo normal.
—Quiero un piercing en la lengua, pero que se vea… único. Algo que impresione.

Jacobo alzó una ceja.
—¿Qué tal un aro?
—No, eso es aburrido. Quiero algo extremo.

Soraya, que observaba desde la recepción, intervino con una sonrisa maliciosa.
—¿Y qué tal dos perforaciones en diagonal? Así parece que tu lengua tiene orejas.

El hombre lo pensó por un momento y luego asintió.
—Me gusta. Hazlo.

Jacobo, con la precisión de un cirujano (bueno, de un cirujano con hambre), perforó la lengua del hombre en dos puntos. Pero en lugar de quedar "único", el resultado final hizo que pareciera que tenía una pequeña galleta con orejas en la boca.

—¡Esto no es lo que quería! —gritó el hombre al mirarse en el espejo, aunque con la lengua recién perforada sonaba más como: "¡Etto no e lo ke kedia!"
—Es arte conceptual —dijo Jacobo, guardando las herramientas—. Si no lo entiendes, es porque eres demasiado literal.

El hombre salió furioso, dejando tras de sí un rastro de saliva, y Jacobo simplemente señaló al siguiente cliente.
—Siguiente.

El tercer cliente del día fue una pareja que parecía demasiado entusiasmada con todo.
—Queremos algo simbólico para celebrar nuestra conexión —dijo la chica, aferrada al brazo de su novio como si fuera una boya salvavidas.
—Algo que nos una para siempre —añadió el chico, con una mirada soñadora.

Jacobo los miró fijamente por un momento.
—¿Qué tal piercings en los ombligos? Y luego podéis conectar los aros con una cadenita. Muy romántico.

—¡Eso suena increíble! —gritaron ambos al unísono.

Jun, que observaba desde la esquina, murmuró:
—Esto va a terminar mal.

Jacobo perforó los ombligos con habilidad, colocando aros grandes en cada uno. Luego añadió una cadenita que conectaba a la pareja.
—Listo. Ahora sois oficialmente… inseparables.

Cuando la pareja intentó levantarse al mismo tiempo, la cadena se tensó y ambos cayeron de nuevo en la silla con un grito.
—¡Esto duele! —gritó la chica.
—¡Es el precio del amor! —respondió Jacobo, recogiendo las herramientas sin mirar atrás.

Soraya, incapaz de contenerse, rompió a reír.
—Jacobo, acabas de inventar la peor metáfora para una relación. ¿Qué pasa si uno quiere ir al baño?

—Es un test de compromiso. Si no pueden superar esto, no pueden superar nada.

El último cliente del día era un hombre mayor que parecía sacado de una película de terror. Tenía ojos pequeños y una sonrisa torcida que no tranquilizaba a nadie.

—Quiero un piercing en… —hizo una pausa dramática, señalando su ceja—. Pero no quiero que sea normal. Quiero que sea irrepetible.

Jacobo lo miró con cautela.
—¿Qué tal un aro grande?
—¡No! Quiero algo más… simbólico. Algo que diga quién soy.

Jacobo lo pensó por un momento, luego cogió una tuerca grande de su caja de herramientas y se la mostró al cliente.
—¿Qué tal esto? Es robusto, llamativo, y puedes decir que es una declaración contra las máquinas.

El hombre asintió emocionado.
—¡Perfecto!

Jacobo perforó la ceja y colocó la tuerca, ajustándola con cuidado. El resultado final parecía más un tornillo que un accesorio, pero el cliente estaba encantado.
—Es… revolucionario. Gracias, joven.

Cuando el hombre se marchó, Jun suspiró profundamente.
—Jacobo, has convertido a una persona en un mueble de Ikea.

Jacobo se encogió de hombros, metiéndose una empanada en la boca.
—Arte funcional, Jun. Siempre arte funcional.

Y así terminó otra tarde caótica en la historia de Too Tattoo, con Jacobo probando una vez más que, cuando se trata de piercings, no hay límites… solo posibilidades y un poco de locura.


 Viaje al País de Nunca Jamás

Era un día nublado en Too Tattoo, y el equipo estaba disfrutando de una breve pausa entre clientes cuando la puerta se abrió de golpe, dejando entrar una nube de incienso que probablemente era ilegal en varios países. En el centro de esa nube estaba Carlos, un cliente recurrente y amigo del estudio, que siempre parecía estar en otro planeta.

—¡Mis panas! —gritó Carlos, levantando los brazos como si fuera un profeta en pleno apocalipsis—. He vuelto. ¡Y traigo una idea que va a cambiar el curso de la humanidad!

Jun, que ya estaba a punto de perder la paciencia, murmuró:
—Dime que esta vez no quiere tatuarse un alien conduciendo un autobús escolar.

Carlos se tambaleó hasta el mostrador, donde Soraya lo miraba con una mezcla de fascinación y horror.
—Escucha, Soraya, querida amiga del alma, hoy quiero algo especial. Algo que me conecte con mi país, con mi gente, con el cosmos.

—¿Quieres decir Venezuela? —preguntó Soraya, arqueando una ceja.
—Exactamente. Pero no cualquier Venezuela. ¡Quiero la verdadera Venezuela, la que vive dentro de mi mente, donde los árboles son de arepas y los ríos de papel moneda que nadie quiere!

Jacobo, que estaba devorando un pastelito, interrumpió con una carcajada.
—Eso ya suena más organizado que la Venezuela real.

Carlos ignoró el comentario y se giró hacia Aldara con una mirada llena de fervor.
—Aldara, tú eres la indicada para esto. Necesito un tatuaje que grite revolución, caos y… ¿cómo se dice? Ah, sí, supervivencia extrema.

—¿Qué tienes en mente, Carlos? —preguntó Aldara con su tono calmado, aunque sus ojos ya estaban brillando con ideas.

Carlos se inclinó hacia ella como si estuviera a punto de compartir un secreto de estado.
—Quiero un tatuaje de un tucán, pero que en lugar de un pico tenga una tarjeta de racionamiento. Y que esté parado sobre un billete de 1,000 bolívares.

El estudio quedó en completo silencio. Finalmente, Soraya rompió el momento:
—¿Un tucán con tarjeta de racionamiento? Carlos, ¿qué te fumaste esta vez?

—No lo entenderías —respondió Carlos, tocándose las sienes como si estuviera canalizando energía cósmica—. Es una crítica al sistema, una metáfora de la lucha del venezolano promedio.

Jacobo, incapaz de contenerse, estalló en carcajadas.
—Eso no es una metáfora, eso es un meme en 4K.

Jun, resignado, se cruzó de brazos.
—Bueno, ¿quién lo va a hacer? Porque si me pides que tatúe un tucán surrealista, juro que cierro el estudio por hoy.

Aldara levantó la mano con una sonrisa.
—Yo lo haré. Esto suena como un reto interesante.

Carlos se tumbó en la camilla mientras Aldara preparaba sus herramientas. Jacobo se acercó con una botella de agua y una croqueta en la mano.
—¿Seguro que quieres esto, Carlos? Es un tatuaje para toda la vida, ¿sabes?

Carlos lo miró con los ojos entrecerrados, como si estuviera viendo el tejido mismo del universo.
—Jacobo, la vida no es eterna, pero el arte… ¡el arte sí! Además, siempre puedo cubrirlo con un arequipe gigante si me arrepiento.

Aldara comenzó a trabajar en el diseño, mientras Carlos hablaba sin parar, como siempre.
—¿Sabes, Aldara? Esto no es solo un tatuaje. Esto es una declaración. Es como decir: “Aquí estoy, sobreviviendo con pasta seca y electricidad intermitente, pero aún soy libre. Bueno, más o menos. ¡Libertad relativa!”

Soraya, que observaba desde el fondo, murmuró a Jun:
—¿Te das cuenta de que Carlos podría dar una charla sobre delirio y todo el mundo aplaudiría?

Jun asintió.
—Y lo peor es que tendría razón.

Mientras Aldara tatuaba el tucán, Carlos continuó con su monólogo.
—El tucán es el símbolo de nuestra resistencia, ¿sabes? Un animal colorido, hermoso, pero atrapado en la selva del caos. Y la tarjeta de racionamiento… bueno, esa es obvia. Representa la lucha diaria por conseguir harina para las arepas.

—¿Y el billete? —preguntó Jacobo, masticando otro pastelito.
—¡Ah! El billete es el epítome de la ironía. ¿Sabías que con un billete de 1,000 bolívares no puedes comprar ni una mandarina? Es como decir: “Tienes dinero, pero no tienes nada”. ¡Es poesía visual!

Aldara, sin levantar la vista, comentó con su tono sereno:
—Carlos, si esto es poesía, entonces vivimos en una novela de terror.

Carlos soltó una carcajada.
—¡Exacto! Por eso esto es tan importante. Necesito llevar este mensaje en mi piel.

Después de casi dos horas, Aldara terminó su obra. Carlos se levantó y se dirigió al espejo con un aire solemne. El tatuaje era exactamente lo que había pedido: un tucán sobre un billete de 1,000 bolívares, con un pico en forma de tarjeta de racionamiento. Pero Aldara, fiel a su estilo, había añadido detalles que hacían el diseño aún más grotesco. Los ojos del tucán parecían llenos de desesperación, y el billete estaba en llamas, con pequeñas figuras gritando en el fondo.

Carlos se quedó en silencio por un momento. Luego, levantó los brazos y gritó:
—¡Es perfecto! Es… Venezuela en su máxima expresión. ¡Aldara, eres una genia!

Jun, desde el fondo, murmuró:
—Esto es lo más perturbador que he visto en mi vida. 

Soraya estalló en carcajadas.
—Carlos, eres el único que puede convertir un tucán en una crítica política. ¡Deberías cobrar por tus ideas!

Carlos sonrió, orgulloso de su nueva obra.
—Mis panas, el arte no se cobra. El arte… se vive. Ahora, si me disculpan, voy a mostrarle esto a mi dealer. Estoy seguro de que lo va a entender.

Y con eso, salió del estudio…sin pagar, dejando tras de sí una nube de incienso y un recuerdo imborrable. En Too Tattoo, Carlos no solo era un cliente: era un fenómeno, una prueba viviente de que el delirio y la genialidad a veces eran lo mismo.








Fandi y el Freehand

La mañana comenzó con un aire de expectación en Too Tattoo. Jun había estado organizando las agujas con un rigor militar, Soraya tarareaba una canción de metal mientras dibujaba un zombie con tutú, Jacobo ya estaba devorando una empanada como si fuera su desayuno número cinco, Aldara gestionaba sus citas como si no tuviese tiempo a tener vida y Lojo, con su apabullante presencia, se relajaba con un café.

—¿Por qué estáis tan callados? —preguntó Jun, frunciendo el ceño—. Esto no parece Too Tattoo.

—Es porque llega Fandi —respondió Soraya con una sonrisa que mezclaba admiración y temor—. ¿No te acuerdas la última vez? Hubo lágrimas, sangre y un tío que intentó abrazarlo después de un tatuaje.

—Ah, sí. El gigante encantador —murmuró Jun, recordando cómo aquel cliente traumatizado salió del estudio tatuado y humillado, pero extrañamente feliz—. ¿Qué nos tendrá preparado esta vez?

La puerta se abrió de golpe, como si un huracán hubiera llegado al estudio. Fandi entró. Medía casi dos metros, su barba era tan frondosa que parecía capaz de esconder pequeños animales, y su ceño fruncido podía intimidar a un ejército. Pero cuando sonrió, el brillo en sus ojos decía que era feliz… especialmente haciendo sufrir a los demás.

—¡Amiguis! —rugió con una voz profunda que resonó por todo el local—. Estoy de vuelta. ¡Y vengo con ideas nuevas para letterings que os harán llorar por el pito!

Jacobo, con restos de empanada en la barba, murmuró:
—¿Ideas nuevas? ¿Como aquella vez que convenció a un tipo de tatuarse Carpe Diem en Comic Sans?

Fandi lo escuchó y se giró hacia él lentamente, su sombra cubría todo el mostrador, como si la noche lo acompañase y la manejase a su antojo.
—Comic Sans es solo para principiantes, Jacobo. Hoy estoy inspirado.

—¿Inspirado para qué exactamente? —preguntó Jun, con la resignación de quien sabe que nada bueno saldrá de esto.

—¡Para hacer freehand! —respondió Fandi, levantando su rotulador gigante como si fuera la espada de un guerrero—. El cliente pide letras y yo las creo. Directamente en la piel. Sin plantillas. Sin arrepentimientos. Solo sufrimiento puro y bello. Soy el Dios de la tortura consentida, el señor del sufrimiento estético, el titán del trazado doloroso…

Soraya aplaudió lenta y sarcásticamente desde su rincón.
—Me encanta cómo lo vendes, Fandi. Es como una tortura medieval, pero con arte.


El primer cliente del día era un joven con más ego que sentido común. Llevaba gafas de sol dentro del estudio y una camiseta dos tallas más pequeña que lo que su dignidad requería.

—Quiero un lettering —anunció, quitándose las gafas lentamente—. Algo poderoso, que diga quién soy.

Fandi sonrió, lo que en su cara parecía una amenaza.
—¿Qué palabra quieres?

El chico se lo pensó, como si estuviera decidiendo el nombre de su hijo primogénito.
—Quiero que ponga “Resiliencia”.

Soraya murmuró por lo bajo:
—Siempre es resiliencia… ¿No hay nadie que quiera un “Panadería Manolo” alguna vez?

—Resiliencia —repitió Fandi, sacando su rotulador y mirándolo como un lobo a su presa—. ¿Sabes lo que significa, verdad?

—Claro. Es como… nunca rendirse —respondió el chico, algo menos seguro al ver la expresión del gigante.

—Muy bien. Pero esto no será fácil. La resiliencia hay que sentirla.

—¿Qué quiere decir? —preguntó, ya nervioso.

—Quiere decir que te vas a arrepentir de tu existencia durante la próxima hora —respondió Soraya, con una sonrisa angelical.

Fandi comenzó a dibujar directamente sobre la piel del chico con movimientos largos y precisos, como si fuera un monje iluminado escribiendo un códice sagrado.

—¿Cómo va? —preguntó el chico con la voz temblorosa.

—No mires todavía. La obra necesita tiempo.

Después de una hora de sufrimiento puro, el cliente finalmente pudo mirarse en el espejo. El resultado era… impactante.

La palabra “Resiliencia” ocupaba toda la parte superior del brazo, pero el diseño era tan elaborado que la “R” parecía el inicio de un libro de los Illuminati, con calaveras escondidas en las curvas. La “E” tenía una serpiente enroscada, y la “A” parecía un puñal atravesando un corazón sangrante.

—¿Esto es… resiliencia? —preguntó el cliente con lágrimas en los ojos.

—Claro —respondió Fandi, sonriendo con orgullo—. ¿No te parece resiliente soportar esto?

—Pero… pero… parece que he salido de una secta satánica —balbuceó el chico.

Jacobo, que observaba mientras comía una croqueta, comentó:
—Pues míralo por el lado positivo. Es original. Nadie más tendrá un brazo igual. Y sobre todo nadie te dirá nada malo… por miedo a que los asesines para hacer una ofrenda a Satán o algo por el estilo.

—Exacto —añadió el tatuador, golpeándole la espalda como si fuera su mejor amigo—. Esto no es un tatuaje. Es una experiencia. El arte no siempre debe ser entendido. Pero siempre debe doler un poquito.

El silencio en el estudio fue interrumpido por un sollozo ahogado del cliente, que miraba su brazo con la expresión de alguien que acababa de perder la fe en la humanidad.

—¿Duele? —preguntó Soraya, divertida.
—¡Por dentro más que por fuera! —respondió el chico, con lágrimas en los ojos.

Fandi, imperturbable, se cruzó de brazos y asintió solemnemente.
—Perfecto. Eso significa que el tatuaje ha llegado al alma.

Jun, incapaz de resistirse, intervino desde el fondo:
—Yo diría que ha llegado más a tu lista de arrepentimientos.

—¡No lo entiendes, Jun! —dijo Fandi, girándose con seriedad teatral—. El dolor es transitorio, pero el tatuaje… el tatuaje es para siempre. ¡Es un recordatorio de la resiliencia humana!

—O un recordatorio de no dejar que un barbudo con aires de dios nórdico te convenza de cosas raras —murmuró Jacobo, con la boca llena de galletas.

El chico, finalmente resignado a su destino, suspiró y sacó el móvil para hacerse un selfie.
—Supongo que al menos será único… —dijo, intentando encontrar el lado positivo.

Fandi, con un entusiasmo desbordante, le dio una palmada en la espalda que casi lo tumba.
—¡Exacto! Único, irrepetible y doloroso. Como el amor.

El chico, aún en shock, sacó el dinero y se marchó sin despedirse, caminando como si llevara encima el peso del mundo. Nuestro amigo lo miró salir con una sonrisa triunfal.
—Otro cliente satisfecho.

—¿Seguro? —preguntó Jun, riéndose

—¿Creéis que volverá? —preguntó Aldara, limpiando sus agujas.
—Solo si necesita terapia y se le olvida por qué vino la primera vez —respondió Soraya.

Fandi, orgulloso de su obra, recogió sus cosas y anunció:
—Amigos, mi trabajo aquí está hecho. Hoy, otro cliente ha aprendido el verdadero significado del arte.

Jun se pasó una mano por la cara, agotado, y murmuró:
—Y nosotros hemos aprendido que dejarte trabajar sin supervisión de un adulto responsable debería ser ilegal.

Fandi sonrió, acariciando su rotulador como si fuera una reliquia sagrada.
—Pero admitidlo, sin mí, esto no sería lo mismo.

Jacobo asintió desde el sofá, tragando su última galleta.
—Eso es verdad. Un caos así no se hace solo.

Y mientras el sol se ponía tras las ventanas del estudio, el equipo se quedó en silencio por un momento, disfrutando de la calma antes de que apareciera el próximo cliente… uno que, sin duda, también terminaría con una historia y un tatuaje de los que nadie entendería, pero que dolerían. Un poquito.